ME GUSTARÍA saber el precio de la confianza en otorgarle el poder. Al saliente, al entrante y a los que se van a quedar en medio del camino. En estos días de declaración de la renta, papeleos amargos y agobio documental, queda claro que no hay nada gratis en este mundo; mucho menos el sostenimiento de unas instituciones cuya finalidad teórica es la de evitar que los hombres seamos lobos con los otros hombres; que la competencia sea al menos un poco civilizada. La transparencia fiscal no está de moda; mundo opaco donde los haya, parece aplicarse selectivamente a tonadilleras, marbellíes, opositores y periféricos de los círculos de influencia. No personalizo, sino que represento. Pregúntese a cualquier ciudadano lo que paga, lo que le cuesta de verdad el ayuntamiento, la diputación o a cualquier nivel de gobierno. Nadie lo sabe con una mínima aproximación. No sólo me refiero a los impuestos imperceptibles por abonarse como si fueran parte del precio de las cosas, tan importantes en nuestra cesta fiscal. Sino también a los más directos, a los evidentes por materializarse en declaraciones, tasas, recibos y demás papeles que nos bajan de las nubes de las promesas y nos devuelven a la cruda realidad. Y no habría nada malo en ello. No hay desayuno gratis, dice con franqueza el liberalismo democrático; tampoco puede serlo la conducción de la comunidad. Pero podían hacerse públicos los precios, los modelos de oferta, los costes de cada candidatura; para que los electores pudieran comparar, como desgraciadamente tenemos que hacer en el día a día. No hay valores absolutos; sólo calidades relativas, utilidades ponderadas, relaciones coste beneficio. Comparaciones, siempre comparaciones entre personas, cosas, estrategias, consecuencias y, en nuestro caso, opciones de voto. Así es como podríamos decidir con verdadero conocimiento de causa. Tal utópico voto como inversión no excluiría las facetas más generosas y nobles de la política. Podríamos elegir opciones caras, pero sabiendo que estábamos haciendo una donación; nos podríamos pronunciar sobre propuestas de solidaridad probada, perceptible y demostrada, aunque nos costase más que una barata y egoísta, localista y corrupta. Los humanos somos así, impredecibles por ese recoveco inescrutable de la libertad y los valores inextinguibles. Pero para poder ser generosos con causa, dígannos cada cual, y de verdad, lo que vamos a pagar con la donación del precioso activo del voto. Es lo menos que se le puede reconocer a un futuro contribuyente.