DESPUÉS de ocho horas, una reunión de trabajo y un almuerzo con otras siete personas, una señora me dijo al despedirse: «Eres muy huraño, ¿no?» Nunca me habían alanceado con semejante adjetivo y dudé un momento. No sé si porque me hizo gracia o sólo por pereza, le contesté que sí, que soy muy huraño. Y se fue. Me vino a la memoria una frase que copié del epistolario de la escritora estadounidense Flannery O'Connor: «Me encuentro en un mundo donde cada uno tiene su puesto, te colocan en el tuyo, te encierran y se van». La etiqueta, la marca identificadora, es muy difícil de evitar. Todos etiquetamos sin compasión, entre otras razones porque, si no simplificáramos algo, apenas podríamos vivir, porque cualquier decisión se tornaría imposible. Cabría pedir, en todo caso, que se etiquetara a todo el mundo en un sitio que respondiera algo a la realidad, porque, siendo de por sí una mala acción, al menos corregiría lo peor: que, encima de encasillarte, lo hagan erróneamente. No resulta fácil, pero entra ya en el terreno de lo moralmente exigible, aunque con errores disculpables. El asunto se complica cuando llegamos al tercer término de la frase de O'Connor: «Te encierran y se van». Un momento: usted puede encerrarme si quiere, incluso equivocadamente, en los casilleros de su mente más o menos amplia (las mentes estrechas encasillan mucho más), pero no tiene derecho a irse. Es decir, mantiene la obligación de revisar las causas de mi encarcelamiento en tal o cual casilla, para liberarme de él en cuanto la realidad le demuestre que estaba mal etiquetado. Esos que convierten a los demás en clichés y los guardan así para siempre -hay empresas que se dedican a tal tarea en exclusiva- matan el diálogo y toda posibilidad de comprender al otro. Ojo con las campañas. pacosanchez@lavoz.es