TREINTA y dos mil españoles fallecieron en accidentes de tráfico durante los ocho años en los que Aznar estuvo en el Gobierno. Sus palabras chisperas de la pasada semana en las que relacionaba el vino y la conducción son deleznables en boca de un ex presidente al que cada año se le morían cuatro mil ciudadanos desangrados en las carreteras o en las ambulancias. Sin embargo, son más cada día los vivos que coinciden con el fondo filosófico de la pregunta retórica que se hizo Aznar después de festejar los caldos del Duero: «¿Quién te ha dicho a ti que yo quiero que conduzcas por mí?». Es decir, ¿quién te ha dicho, Gobierno, que quiero que decidas por mí lo que debo fumar, lo que debo comer, lo que debo beber, lo que debo vestir, lo que debo gastar en una hipoteca? ¿Quién te lo ha dicho? ¿Quién? Por elevación, ante la avalancha prohibicionista del Gobierno Zapatero sobre los hábitos y voluntades de las personas, cabría meter en ese mismo saco el acuerdo adoptado ayer en el Parlamento que paralizará la construcción durante dos años en la franja a menos de quinientos metros del mar. Entre este acuerdo y la ley, aprobada también ayer, para fijar población en zonas rurales se podría pensar que la Xunta quiere decidir por nosotros dónde debemos vivir. En cambio, el intervencionismo en la vida privada del que ha hecho gala, por ejemplo, esa ministra desplumada que es Elena Salgado, no debe mezclarse en ningún caso con la decisión del bipartito de frenar la destrucción sistemática del litoral. Aunque la Xunta no lo admite, parar dos años la construcción repercutirá en la economía, pero la situación actual era insostenible. El PIB un año puede perder unas décimas, que se recuperan en el quinquenio siguiente; la costa hormigoneada no es recuperable, sino una enfermedad irreversible. Las sucesivas leyes urbanísticas sólo han sumido al litoral gallego en una situación de ilegalidad manifiesta. A pesar de que hace cinco años, Cuíña intentó poner orden en el desorden, un único ayuntamiento costero (Pobra do Caramiñal) adecuó sus normas de edificación a las leyes autonómicas. Eso sí, transcurridos los dos años de paralización constructiva en el litoral, la Xunta tendrá que decir de una vez y con claridad meridiana dónde se puede vivir junto al mar y dónde podemos disfrutar todos de paisajes batidos por las olas. De lo contrario, su fracaso habrá sido estrepitoso.