EN TURQUÍA hay un problema: los nacionalistas islámicos alcanzaron el poder ya hace tiempo y han gobernado en forma moderada y democrática, respetuosa con el tradicional estatus de Atatürk, que proclamaba la separación del Estado y la religión islámica, lo que presentaba a Turquía como una nación moderna con la aspiración y voluntad de integrarse en Europa. De esta forma, Turquía es miembro antiguo de la Alianza Atlántica y ha constituido en la puerta de Asia un fuerte bastión occidental, defensor de los valores propios de las naciones integradas en la OTAN. El ejército otomano ha sido el garante y exponente firme de esta postura, gracias a la independencia estatal de la influencia de la religión islámica. Pero ahora, con ocasión de elegir un presidente de Turquía y ante la propuesta del Partido Justicia y Desarrollo (AK), de raíces islámicas, para que se presente el ministro de Asuntos Exteriores, Abdula Gul, el ejército y la oposición, han hecho manifestaciones en su contra y no lo aceptarán aunque resulte elegido, porque dicen que rompería el actual estatus de Turquía, que pasaría a ser una nación islámica. La prueba de fuerza consiste en ver el resultado de las próximas elecciones. Si gana el partido AK, ¿se mantendrá Turquía como una nación secular o pasará a estar dominada por el islamismo? El problema es de los turcos pero también de los europeos, y aun más, es un problema para Occidente, porque podría constituirse un nuevo frente o eje de naciones de Oriente Medio, en el cual Turquía y Pakistán serían los principales soportes de una organización de gran peso geopolítico en la que pudieran integrarse naciones tan necesitadas de apoyo como Irak y Afganistán. Precisamente, hace unos días, se reunieron en Estambul los presidentes de estos países. Así pues, lo que está en juego en Turquía es si esta gran nación, con voluntad de ser europea, se mantiene en el bloque occidental o se busca la vida entre las naciones islámicas. Pronto lo veremos.