A deshora

PEDRO ARIAS VEIRA

OPINIÓN

HACE tan sólo unas semanas que nuestros gobernantes pensaban que la gran amenaza de Galicia era el exceso de construcciones. Nos iban a invadir hordas de promotores para apropiarse de lo mejor del territorio. Y al bipartito se le ocurrió echar el cerrojo, hacer un guiño a la minoría ecologista y presentarse como los salvadores del paisaje y del litoral. La demonización de los señores del ladrillo se extendió a la vida política, proponiéndose incluso que ningún alcalde pudiera poner su bastón en los mapas del sector. Todo en clave buenista, políticamente correcto. Pero al igual que Zapatero en la bolsa de valores, nuestro bipartito gafa todo lo que toca. En Madrid comenzó a bajar la Bolsa, un estremecimiento recorre España ante el temor del estallido de la burbuja inmobiliaria y aquí comienzan a emerger los alcaldes de izquierda con discutibles currículos en el quehacer urbanístico. Y uno se pregunta para qué. Quizás para administrar lo que la ministra Trujillo llama el «aterrizaje suave» de la vivienda o para mirar, por encima de toda sospecha, cómo se pierden nuevas oportunidades de consolidar inversiones en Galicia. El modelo que siguen es el clásico del despotismo ilustrado; los gobernantes saben más que nadie, no hace falta preguntar a ediles ni ciudadanos porque están contaminados por la ambición contraria a la utopía que sólo las élites dominan. Les falta un mínimo de observación concreta de lo que está pasando; no se han fijado en que los principales empresarios gallegos de la construcción han vendido sus activos y miran hacia otros horizontes; que el peligro ahora es la caída de oferta de viviendas en ciudades y municipios periféricos que tanto las necesitan. Que estaban tratando de aprovechar una circunstancia expansiva para consolidar un capital edificado sobre el que apoyar su recuperación demográfica y económica. Es obvio que se estaban dando muchas irregularidades y abusos. En gran medida, por la complejidad e intervencionismo del planeamiento. Pero lo correcto hubiera sido apoyarlos, facilitar el aprovechamiento de una oportunidad difícilmente repetible y colaborar para que todo se hiciera con orden, calidad urbanística e inteligencia gestora. Pero se prefirió aprovechar para hacer una bandera política contra los actores del ladrillo. Que electoralmente vende mucho y, sobre todo, se pensaba que sólo afectaría a los adversarios políticos. Pero ahora no habrá tanto ladrillo, ni siquiera el imprescindible; y entre los presuntos implicados proliferan los de su mismo color. Peor, imposible.