El final de la familia

PEDRO ARIAS VEIRA

OPINIÓN

NO LO AFIRMA ningún fanático extremista o retroconservador, lo viene a decir, con números en ristre, nada menos que Eurostat, la oficina estadística de la Unión Europea. En un par de décadas de nada, un soplo temporal, España será el país mas viejo del mundo. Y Galicia, una reserva de jubilados. Del millón de vacas pasaremos al millón de jubilados. Los jóvenes no llegarán a representar ni siquiera la décima parte de la población. Y el resto, un colectivo agobiado entre el sálvese quien pueda y el tedio de cuidar de los viejos ancestros. Desde hace una treintena de años podemos controlar la natalidad, administrar las consecuencias del amor en los tiempos de cuelgue y constituir familias a la carta. Resultado: cada vez menos hijos, menos parejas estables, menos familias extensas, pocas nucleadas, muchos viejos o maduros a punto de serlo, para un desolador panorama después de la aventura. Es lo que hay. Que nadie acuse a nadie ni tire la primera piedra; en todas partes cuecen habas, que la modernidad invadió todos los rincones de la sociedad. Hoy existimos porque hubo un tiempo que una pareja lo decidió así y cargó por ello. En el mejor de los casos por amor, o quizás en un desliz. Profetas con causa, pocos y elegidos, aunque felices y fértiles empecinados en la tradición, haberlos hubo. Pero aquí estamos, dando guerra y llevándonos cada vez peor. El caso es reaccionar, ver el presente con la máxima objetividad y entender que esto se acaba. Que la comunidad agoniza en una trayectoria decadente de difícil reversibilidad. La familia se hunde, estamos viviendo de las rentas de los mayores, de los ridiculizados por guiarse por ideologías y pensamientos antiguos. Ellos y ellas sostuvieron la población, la vida, Galicia, España. Ahora los prepotentes, siempre desinformados, alegarán que ya vendrán inmigrantes para la repoblación humana y los cuidados en los momentos de la decadencia final. No miran que se están vaciando las bolsas de natalidad internacional; que no vendrán gentes, dóciles y baratas, para hacer de mansas clases bajas para reparar nuestra esterilidad objetiva. Nadie mira de frente. Los responsables públicos no saben ni contestan; temen que los tachen de reaccionarios. Los demás, preparándose para la resignación. Vívase el día a día, olvidémonos de los presagios lúgubres. Ya se arreglará; quizás lo haga el ayuntamiento, la diputación o quien corresponda. Es un asunto demasiado complicado; mejor mirar para otro lado.