VIVIMOS un tiempo en el que el respeto, en ciertos ámbitos, parece una antigualla que ya no se estila. No sé qué incluirá entre sus contenidos la polémica disciplina Educación para la ciudadanía sobre las reglas de la cortesía, la urbanidad y el respeto. Son, sin duda, asignaturas pendientes. Las normas del respeto que, con carácter general, son aplicables a toda relación humana, presentan particular exigencia en relación con determinadas personas. Una frase feliz de antaño reunía tres circunstancias de especial consideración: edad, dignidad y gobierno. La primera alude a las personas mayores; la segunda, a quien está revestido de manifiesto reconocimiento moral -un hijo con sus padres, un alumno con su profesor o un paciente con su médico-; la tercera se refiere a quien representa a la autoridad. En este último supuesto, el respeto es básicamente institucional, pues emana de la propia función, entendida como servicio a la comunidad. Así, un policía municipal, un ministro o el Rey merecen respeto por lo que representan. Éste debe corresponderse con el decoro que deben observar quienes están investidos de tal poder. Me ha impresionado la falta de respeto institucional que se consiente en Suecia respecto de su monarquía. Una ácida serie televisiva de bastante audiencia relata, en clave de culebrón, las supuestas peripecias domésticas de la familia real. Unos actores de gran parecido físico presentan, hasta el punto del esperpento, a un pusilánime monarca, una mandona y superficial esposa y tres hijos maleducados y banales. El Rey ha declarado que se siente humillado. La sociedad que lo tolera denigra la imagen de quien ostenta su máxima representación. Esa burda imagen del monarca será difícil de olvidar, al día siguiente de su emisión, cuando el Rey comparezca, por ejemplo, para presidir la solemne entrega de los Nobel. Suecia debería plantearse si quiere seguir degradando su imagen en el ámbito internacional.