AL PASO del tiempo es mayor la dimensión de los problemas generados por el fenómeno social del tráfico. El tráfico es cuestión que preocupa a la ciudadanía y tiene ya espacio propio en los medios de comunicación. No extrañe, por todo esto, la estela que ha dejado tras de sí la pasada Semana Santa, con tan cuantiosa como inesperada cifra de víctimas mortales y de heridos. ¿Acaso se había puesto demasiada confianza en el sistema del permiso por puntos? Lo cierto es que, una vez más, el tráfico mostró su rostro más duro y su aleatoriedad frente a toda previsión. ¿Sirve el sistema? Es válido en otros países de nuestra área europea y, por tal razón, ha sido incluido en el procedimiento sancionador español tras la consiguiente modificación de la Ley de Seguridad Vial. En este hecho nos fijamos ahora. Y es que esa inclusión seguramente requería de algún cambio previo que hiciese más expeditiva la tramitación de expedientes de sanción, sin merma de las garantías del presunto infractor, mejorando radicalmente la notificación de denuncias. El sistema de puntos se alimenta en buena parte de infracciones que se advierten a través de medios como los radares fijos que identifican al vehículo y que no hacen necesaria la presencia de agentes. La notificación, entonces, se realiza a posteriori, al permitirlo un preciso añadido al precitado texto legal que legitima la función delatora de esos medios que decimos, constantes y fecundos en su cómodo trabajo. Ha pasado a la historia la contundencia -y la seguridad procedimental- de la norma anterior: «El denunciante entregará en el acto al denunciado un boletín¿». En resumen, las dificultades para la localización de infractores -más con el uso de las artes que la picaresca enseña- y las dilaciones, impuestas por el propio procedimiento o buscadas de propósito, van diluyendo en el tiempo el sentido de ejemplaridad que está en la naturaleza de las sanciones. Así, hasta el sistema de puntos se resiente. Bien por las tecnologías, pero los mandatos de la autoridad deben cumplirse, y de ahí la necesidad inexcusable de la vigilancia. El tráfico no funciona sin la tarea específica del agente especializado, que para eso está.