¿QUÉ puede hacer un hombre y una tiza blanca? Una revolución. Así la hizo Keith Haring por las paredes del metro de Nueva York. Nació en Kutztown en 1958, murió en el 90 en el gusano de la Gran Manzana. Dejó una fundación de ayuda a los enfermos de sida. Fue todo un personaje. Una leyenda que pintaba platillos volantes, personas, perros, televisiones, bebés. Un dibujo suyo era una denuncia. Saltaba de la caligrafía china a la tradición azteca. Su trazo grueso ahorraba detalles para dar en la diana. Hace años fui a Madrid para ver su trabajo. Ahora su obra llega de la mano de la Fundación Caixa Galicia a Ferrol (del 13 de abril al 10 de junio). Un puntazo. Hizo escultura, que expuso en la galería de Leo Castelli, pero nunca dejó de ser un callejero, un grafitero que improvisaba en cualquier esquina un resumen de la extraña vida que nos ha tocado. Empezó pintando camisetas. Galicia es una potencia en camisetas, como la vaca prodigiosa de Nicetrip, que luce como pegatina en el culo de muchos coches. Haring estaría cómodo con su exposición aquí. Chichi Campos fue nuestro Haring gallego. Su pintura esquemática llegó casi a ser abstracta. Pintaba las piezas de un puzle sin fin. Sorprende siempre. De los temas sexuales, sin remilgos, a decorar un trozo de muro de Berlín, en el 86. Nunca dejó de ser subversivo, ni cuando abrió una boutique, la Pop Shop, en la que vendía objetos con sus dibujos. La mente de Haring viajaba a la velocidad de un monopatín, otro de los motivos que inmortalizó, cuesta abajo. Sin frenos. Mamó dibujos animados, que, al final, le salieron corriendo por sus dedos. Haring es también el hombre que dibujaba corazones con pies y brazos, corazones enormes que hacen sudar a la pareja que los sostiene. Si Picasso hubiese visto dibujos animados, podría haber sido Haring. cesar.casal@lavoz.es