Europa como unión

OPINIÓN

31 mar 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

LA CONMEMORACIÓN en Berlín de los cincuenta años de la firma del Tratado de Roma ha mostrado la andadura común de Estados enfrentados bélicamente en el siglo pasado o separados por una cortina de hierro. No es un tributo a la nostalgia lanzar la mirada hacia el pasado para hacerlo especialmente presente a las nuevas generaciones, que han crecido en un escenario en donde resulta normal viajar sin pasaporte y con la misma moneda. Los efectos devastadores de la Segunda Guerra Mundial impulsaron a personalidades egregias a institucionalizar una unión que superase los enfrentamientos y la incomunicación. Es de justicia recordar algunos de esos nombres. Demócratas y cristianos como Schuman, Adenauer, de Gasperi o liberales como Spaak, que han dejado en las doce estrellas de la bandera, con la evocación bíblica del Apocalipsis, las convicciones personales que animaban su acción pública. Fue una respuesta cargada con una magna visión de futuro, que iba más allá de la mera reconstrucción de lo derruido. Fue europea en el fundamento de su propia tradición, caracterizada por los valores de libertad y la dignidad sagrada del ser humano, como acaba de reiterarse en la Declaración de Berlín. Un proceso que ha ido construyéndose paulatinamente, en ocasiones con pequeños pasos, y que se ha manifestado no sólo en la incorporación de nuevos miembros, sino también en la ampliación de objetivos, desde los preámbulos del carbón y del acero a la actual Unión Europea, pasando por la Comunidad Económica y su preocupación por un eficaz mercado interior. Queda todavía mucho trecho por andar. Las dificultades en una política exterior común son patentes y el parón de la Constitución, un aviso por su alejamiento de los ciudadanos y la mezquindad en el desconocimiento de los orígenes. No es del caso realizar ahora el inventario, que es claramente positivo. Se ha unido lo que estaba artificialmente separado. En mis viajes me preguntaba cómo podría decirse que no era Europa Berlín Este, donde, próxima a la puerta de Brandemburgo, se encontraba la Universidad de Humboldt; o Praga, con la Carolina. También era un contrasentido que España, hasta 1986, no formase parte de lo que oficialmente se consideraba Europa. A la casa común han contribuido más de un millón y medio de universitarios del programa Erasmus y en ella se han encontrado sistemas jurídicos divergentes y una diversidad de lenguas, culturas y regiones. Desde fuera de la UE se admira el proceso de unión. El progreso económico no debe olvidar retos sociales e institucionales pendientes que aseguren la cohesión. Y sobre todo, no diluir en pragmatismo el espíritu con que se inició la aventura hace medio siglo.