LA MINISTRA de Cultura, Carmen Calvo, goza de un hueco para siempre en los anales dialécticos del parlamentarismo español. En una sesión de control del 2005, un senador rival le recriminó algunas de sus actuaciones repitiéndole la siguiente fórmula retórica: «Carmen Calvo díxit... ». La ministra, confundiendo el latín con los dibujos animados y acreditando que su fuerte es la cultura, le replicó airada: «Señoría, yo a usted no le llamó ni Pixi ni Dixi». Calvo presentó ayer la ampliación del Prado. Un proyecto de Moneo que añade 22.000 metros cuadrados al museo de Villanueva. Cuando arrancó la obra, hace cinco años, se fijó un presupuesto de 61 millones de euros. El gasto final se ha ido a 152, más del doble. Por fortuna, para la ministra un desfase de 15.000 millones de pelas es quincalla: «El Prado no es ni caro ni barato. Es el prestigio de España y no se puede medir en precios», zanjó ayer. En labios de un gestor público es una frase para enmarcar. Sin embargo, un despilfarro en el Prado tiene una coartada que se puede asumir: se trata de la segunda mejor pinacoteca del mundo y recibe cada año 2,3 millones de visitantes. Invertir en el Prado vale la pena, porque dentro duermen Goya, El Bosco, Rafael, Rembrandt, Rubens, Durero, El Greco, Velázquez... Con óptica gallega, incluso cabe decir que ampliar el Prado ha resultado una ganga: ha costado menos de la mitad que el mítico monte Gaiás, que anda ya por los 388 millones de euros. El Prado posee cuadros de leyenda y se asienta en una metrópoli de 4 millones de habitantes, que por su carácter no excluyente se ha convertido en una de las más pujantes de Europa. Con su flamante T-4, Barajas recibe 45 millones de pasajeros anuales. La realidad de la capital de Galicia, una ciudad impagable por razones estéticas y culturales, es que no llega a cien mil habitantes y Lavacolla ronda los dos millones de pasajeros. Pero el gran hándicap del monte Gaiás es otro: ¿tenemos piezas para meter allí dentro que justifiquen que nos gastemos 64.000 millones en el edificio? Por ahora, la respuesta es una gran nada inflada de palabrería políticamente correcta.