EN SAN Xoán de Campo (Lugo) los cafés sí que son a 80 céntimos, o a menos. Pero Zapatero no estaba pensando en la parroquia lucense cuando respondió en TVE a la pregunta de cuánto cuesta un café. Utilizó de parámetro el precio de la cafetería del Congreso, que regenta una empresa a través de una concesión administrativa que fija unas tarifas alejadas de las del mercado real. En una calle de Madrid por la que pueda pasear un turista, en cambio, cobran 80 céntimos sólo por entrar en un bar climatizado. La distancia entre cualquier presidente del Gobierno y los gobernados es gruesa como la corteza terrestre. Después de unos años en la Moncloa o en Monte Pío, la conexión con el mundo sólo se realiza a través de medios y personas interpuestas. Dejan incluso de llevar dinero en la cartera. No lo necesitan; síntoma definitivo de que la distancia ha alcanzado una longitud sideral. Zapatero jamás irá a San Xoán do Campo a tomar un café. Y aunque fuera, seguro que los parroquianos lo invitarían sin pedir nada a cambio. Les bastaría con que les escuchase contar la tragedia ocurrida hace días en su aldea de Birbigueira, donde Angelita, de 81 años, murió de un ataque al corazón cuando le cambiaba el pañal a su hijo Antonio, de 57, quien falleció de inanición tres días después. Todos los centros públicos, privados, de día completo, de media jornada... que hay en Galicia para personas dependientes sólo tienen capacidad para la cuarta parte de los enfermos que requieren atención. Antes o después -era ley de vida-, Antonio se iba a quedar sin Angelita. Pero él, como decenas de miles de gallegos y los cientos de miles que están por llegar fruto del envejecimiento de la población, no hubiese tenido cama libre en ningún otro sitio que no fuera su casa materna. Pero sigamos hablando del café...