LEO en La Voz de Galicia que un cuervo blanco, tal vez subsahariano, se ha aclimatado a la vida en O Grove, y no me extraña. A esa vida contemplativa y sensual nos hemos aclimatado unos cuantos animales, un buen número de pájaros. Debe de ser por los efluvios intermareales y las suaves laderas de sus colinas, llenas de conejos, lagartos ocelados y salamandras perezosas. Cosas de un microclima en el que he visto prosperar congrios de casi cien kilos y focas como baleas pequenas. Es también bueno el aire para ciertos pájaros de diseño como la garceta flipante, ciertas aves sentimentales como el halcón peregrino y, desde luego, sin lugar a dudas, para algunas otras de carácter más bien intelectual y teórico como ha sido siempre el cuervo. Que en esta ocasión sea blanco tampoco es raro. Yo vivo en la ladera de un monte sobre el puerto de Meloxo, y tengo como vecino intermitente a un gato siamés albino, experto en guardar las distancias y diestro en convencer a algunas de sus novias de que deben dar cobijo a sus camadas en mi gabinete de trabajo. Él vigila la jugada a distancia y me mantiene la mirada como diciendo: «Ojito, que soy un minino poderoso». Yo me achanto, como es lógico. Así que hay un precedente para la blancura de este cuervo. Por lo demás, la normalidad del cuervo es abrumadora. Antes de comer se mece en las columnas de aire caliente, para colocarse luego en lo más alto y nítido de las copas de eucaliptos y pinos. Después de comer celebra sus asambleas. Tiene algo de druida cuando camina y de Manitú cuando vuela. Celtas y pieles rojas se fijaron en su capacidad para esfumarse y desaparecer en la noche y trazar el principio del día en los velos del amanecer, y lo tomaron por el creador del mundo visible. Los cristianos primitivos hicieron de su vuelo alegoría de la soledad. Adivinos y arúspices de la Antigüedad clásica intentaban la imitación de su graznido al expresar sus profecías, pues consideraban su hábito de mirar a los cielos como la clave del instinto adivinatorio. Yo sé mucho de esto porque mi suegro, de joven, tenía un cuervo que acudía a su silbido. En Monforte, claro.