QUIZÁ es el recuerdo, que todo lo mejora. O quizá no y, en efecto, hubo un tiempo, no tan lejano, en el que no todo valía en España en la lucha entre partidos. Pero ese tiempo se acabó hace ya mucho. Por eso produce gran sorpresa que quienes sacaron a millones de personas a la calle con el evidente objetivo de que la política exterior del Gobierno Aznar (guerra de Irak) fuera la tumba del PP se rasguen ahora las vestiduras, con falsa inocencia de doncellas, ante quienes sacan cientos de miles de personas a la calle con el objetivo no menos palmario de que la política interior del Gobierno Zapatero (lucha contra ETA) sea la tumba del PSOE. Aunque casi todas las comparaciones son odiosas, la que acaba de apuntarse es bastante procedente, pues si hay dos políticas en las que el acuerdo interno entre partidos -sobre todo entre los que por su tamaño pueden gobernar- debiera considerarse siempre un bien supremo que proteger de la legítima lucha electoral, esas políticas son las relacionadas con la participación en un conflicto militar y con la lucha contra una banda terrorista. La imagen del PSOE agitando a las masas en la calle mientras nuestros soldados estaban destacados en Irak jugándose la vida es tan poco edificante, y tan dañina desde el punto de vista de los consensos básicos de la convivencia democrática, como la del PP agitando a las masas en la calle mientras los terroristas siguen perfilando una estrategia destinada a obtener por medio del terror lo mismo que llevan medio siglo persiguiendo. En todo caso, la comparación no acaba ahí. Y es que si las protestas contra la guerra de Irak fueron la consecuencia inevitable, del empeño del PP en diseñar una parte tan esencial de la política exterior como es la entrada en una guerra como si el PSOE no existiera, la historia vuelve a ahora, por desgracia, a repetirse. Que nadie lo dude: las manifestaciones contra la política del Gobierno socialista en materia antiterrorista, cuyo último episodio se vivió ayer en la impresionante marcha que recorrió las calles de Madrid, son el efecto, también probablemente inevitable, de la decisión de Rodríguez Zapatero de dar un giro radical en la política de lucha contra ETA sin contar para nada con el Partido Popular. Zapatero no dejó pasar en su día la ocasión y Rajoy repite historia. Lo que indica que algo tienen en común, más allá de sus cacareadas diferencias: que uno y otro creen que todo vale para alcanzar sus objetivos. No es esa, desde luego, una peculiaridad de nuestros líderes políticos. Pero, como todo el mundo sabe, el mal de muchos sólo a los tontos sirve de consuelo.