ESTAREMOS todos de acuerdo en que aunque sólo hemos superado unas semanas de este 2007 ya tenemos el personaje del año. No es necesario hacer un gran esfuerzo, ni tan siquiera «esgrimirse las meninges», que diría mi admirada semióloga Ana Obregón. El personaje de este año es, sin lugar a ningún género de dudas, un asesino tan asqueroso como brutal, llamado José Ignacio de Juana Chaos. Y lo es porque todos nos hemos empeñado en que lo sea. Nadie puede echarse de la parte de fuera. Un servidor no recuerda haber asistido al encumbramiento de un criminal repulsivo como el que estamos haciendo con este tipejo. Ni los que acabaron con la vida de los marqueses de Urquijo, ni los del crimen de los Galindos, ni el tal Mark David Chapman que remató al beatle John Lennon. Nadie, absolutamente nadie, centró la atención de un país durante tanto tiempo como el repugnante De Juana Chaos. Páginas y páginas de periódicos, horas y horas de radio y televisión, también horas y más horas de discusiones parlamentarias, y tema de controversia en todas las tertulias de chiringuitos, bares y cafeterías de este país. De Juana ha sido el infecto terrorista que más tiempo nos ha ocupado en las últimas semanas. Y esto, hay que reconocerlo, es su gran victoria. Poder ver al país dividido y a sus inquilinos discutiendo, insultándose y amenazándose tiene que ser para Iñaki de Juana Chaos una satisfacción como jamás pudo imaginar. Porque eso es, precisamente, lo que los descerebrados persiguen. Que los demás sigamos la estela que ellos nos marcan. Que entremos en su juego y que nos vengamos a discutir, con cuanto peores modos, mejor, sus ideas y sus decisiones. Parece como si fuera la primera vez que estos asesinos asquerosos nos tienden una trampa. Parece como si fuera la primera vez porque hemos reaccionado todos como si fuésemos principiantes y aprendices, tirándonos los trastos a la cabeza, para regocijo de un perturbado asesino. No aprenderemos jamás.