Mi vuelo y el AVE

| ASSUMPTA ROURA |

OPINIÓN

05 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

DESDE tiempos lejanos Renfe se ha ganado su mala fama. Todavía recuerdo cuando Iberia puso unos grandes paneles por las carreteras en los que se leía: «Con Iberia ya habría llegado». Fue cuando todos los españoles se lanzaron a comprarse un coche por el método de las letras y sus plazos, y en las carreteras, que no autopistas, no se cabía: había comenzado la civilización del hombre con prisas parado en permanentes atascos. Renfe siguió resistiéndose al cambio, como si la lentitud y la impuntualidad fueran un bien preciado, marca de la casa y denominación de origen. Y así sigue. La diferencia, ahora, es que todos quieren un AVE como el que, en el siglo pasado, puso don Felipe González a sus amigos, conocidos y vecinos en su Sevilla natal. Esto es América, faltaría más. El resto del país soñó que llegaría un día en el que también a ellos les tocaría la suerte de tener un tren así de rápido y mientras soñaban pasaron tantas cosas que terminaron por olvidarse de qué iba el sueño. Ahora que el mundo es una aldea global, según cuentan, que toda prisa es poca prisa, aquel sueño se ha recuperado pero reconvertido en exigencia por parte de la población presionada por las prisas, y en promesa electoral por parte de los señores de la política. Así que no se sabe cuándo, pero el AVE llegará a todas partes. Mientras tanto yo, que tengo poco peso, menos poder y mucha ignorancia en ese galimatías de trazados ferroviarios, me conformaría con que alguien pensara en poner en marcha buenos trenes, confortables pero sin pasarse, algo así como ese talgo que va de Barcelona a París en ocho horas y resulta un agradable paseo. Lo digo porque cogí un vuelo en Compostela para Barcelona. Salía a las 15 horas y llegaría a su destino a 16.15. Salí para el aeropuerto poco antes de las 13 y hasta las 13.45 no pude hacerme con mi tarjeta de embarque por las colas. Luego, no me cachearon para lo de la seguridad hasta las 14.25 y entre pitos y flautas llegué a Barcelona (aeropuerto) a las 17.00. Conseguí un taxi sobre las 17.45 h y como había la rutina de los atascos en la entrada en la ciudad, llegué al rellano de mi casa a las 19. Casi siete horas de viaje para recorrer la misma distancia de la que me separa de París, las hubiera invertido encantada en un tren moderno, es decir, normal, leyendo y mirando el paisaje. Pero hete aquí que por culpa de las prisas me mandan volando y así será mientras no llegue ese AVE que no ha de llegar nunca. Y es que Coruña-Barcelona con Renfe se hace en 18 horas, excesivas para una fumadora como yo.