EN TÉRMINOS formales, es evidente que la guerra de Afganistán no tiene nada que ver con la de Irak. Porque, mientras en Irak se procedió a una invasión ilegal, hecha a la medida de los intereses económicos y estratégicos de los Estados Unidos, a Afganistán nos fuimos con mandato de la ONU, encuadrados en la Alianza Atlántica y con la expresa finalidad de pacificar y reconstruir un país atormentado por decenios de violencia y opresión. Pero esta verdad sólo existe en sus aspectos formales. Porque la realidad pura y dura es que la guerra de Afganistán también se declaró al servicio de la política interior y exterior de Bush, so pretexto de garantizar la seguridad internacional, y con clara intención de complementar y darle rotundidad estratégica al ataque ya previsto sobre Irak e Irán. Aunque nadie veía clara la operación afgana, y la reciente experiencia soviética aconsejaba moverse con extraordinaria cautela, ningún país quiso negarle al pueblo americano una solidaridad mal entendida en el escarmiento y la venganza por el ataque contra las Torres Gemelas. Y así se logró meter a la OTAN en un avispero en el que nunca podrá vencer y del que no podrá salir airosa, pero del que tampoco quiere ni puede salir con signos de derrota. El resultado de tanta improvisación y avaricia es la existencia de un caos mayor que el anterior, con los señores de la guerra convertidos en auténticos dueños de la economía del país, con una sociedad sometida a distintos poderes y a todas las vejaciones, y con las tropas occidentales defendiendo un narco-Estado que disimula sus intenciones con cuatro concesiones de apariencia democrática que no rebasan el centro de Kabul. Por eso puede decirse que la guerra de Afganistán es una trampa mucho mayor que la de Irak. Porque si de la Mesopotamia se podía salir sin dar demasiadas explicaciones, invocando la voluntad del pueblo y la reconducción de nuestra política internacional hacia las resoluciones de la ONU, del laberinto de Afganistán no nos podemos retirar por cuenta propia, sin causar grave quebranto a nuestras alianzas internacionales y a nuestra imagen de país. Y por eso estamos abocados a aguantar lo que nos echen hasta que la OTAN prepare su espantada y, negando como pueda la evidencia, devuelva la suerte de los afganos al poder enrabietado de los talibanes. Aunque esta terrible sentencia puede demorarse hasta que a Washington le convenga, su cumplimiento parece inexorable. Y por eso, aplicando la sabia sentencia de que «a lo hecho, pecho», no nos queda más remedio que prepararnos para días muy aciagos y vergonzosos, sin más consuelo que el de aprender en cabeza propia una lección que bien pudimos aprender en cabeza ajena.