VIXÍA
21 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.ESTA VEZ se trata de un barco nuevo, propiedad de una armadora europea, y bien conservado. La carga -muy corriente- iba destinada a Valencia, y la práctica totalidad de los técnicos consultados han dejado claro que el proceso de descomposición de los fertilizantes NPK triple 15 no supone riesgo alguno para que bomberos y manipuladores especializados enfríen la bodega afectada y procedan -dentro o fuera de puerto- a la desestiba de la carga. Pero todas estas razones parecen insuficientes a la hora de tratar con tiento y rigor el incidente del Ostedijk y, lejos de aprovechar la lección del Prestige para impulsar un proceso racional de decisiones, las autoridades que gestionan el incidente nos han reeditado el espectáculo de un carguero que navega en zigzag sobre olas gigantescas, impropio de un país de la UE que aspira a convertirse en punto de referencia para el transporte marítimo. El alcalde de Viveiro -que sería expedientado si, sin autorización de Tráfico, pintase un paso de cebra en una travesía- puede amenazar impunemente con bloquear el puerto y montar la marimorena si la autoridad competente decide fondear el barco en la bahía. La señora Pilar Tejo, que está encargada de trabajar este asunto en términos técnicos, actúa como un concejal en víspera de elecciones, y, en vez de optar por la solución que ella misma calificó como «más sencilla», decide que sea la alarma social la que gobierne la crisis. Y por eso hemos tardado cuatro días en abrigar el barco y poner fin al incidente, mientras se buscaba aquel «quinto pino» al que Álvarez Cascos quería llevar el Prestige. Aunque esta vez fue posible dialogar con el armador -que siempre dio la cara y estuvo dispuesto a operar el buque con expertos europeos-, a nadie parecía interesarle su criterio. Lo único que preocupa a las autoridades españolas es ganar las elecciones municipales y no molestar ni contradecir al que, hablando de oídas y por si acaso, decide discrepar de los expertos. Por eso hemos caído, igual que en el caso Prestige, en la lamentable estrategia de la indecisión: hacer cualquier cosa que no implique responsabilidades inmediatas y directas, dejar que hablen los más ignorantes, omitir la obligación de decidir de acuerdo con los principios de responsabilidad y competencia y esperar a que el cielo, el dios Eolo o la Fortuna nos liberen del problema por arte de Birlibirloque. En la tarde de ayer se vislumbraba, por fin, un cambio de actitud. Y buena falta nos hace, ya que el futuro de nuestro sistema portuario -incipiente e invertebrado- depende de estas cosas. Porque no es la mala suerte la que marca las diferencias, sino la torpe gestión continuada de incidentes inevitables.