El homicida era su rival

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

EN ESTE país se cometen crímenes a diario. Muchos ni se publican. Los que logran más difusión son aquellos ante los que estamos más sensibilizados: los de violencia doméstica. Otros se divulgan sólo en su territorio. Y la mayoría son rápidamente olvidados. La policía puede investigarlos sin presiones de la opinión pública. Pero siempre hay la excepción. La de este año ha sido el asesinato del alcalde de Fago, en la provincia de Huesca. Al tratarse de un cargo público, aunque de un pequeño pueblo, tuvo una enorme repercusión mediática. El misterio que rodeó al homicidio le dio un carácter novelesco. Las desavenencias del difunto con algunos vecinos le proporcionó el morbo de la venganza. Y el estrecho territorio donde se podía encontrar al autor, una demanda de urgencia que hizo concentrar los focos en Fago. Y ayer, la sorpresa: al menos uno de los posibles homicidas estaba en el pueblo. Era su competencia en el dudoso negocio de una casa de turismo rural. Habían pleiteado por intereses enfrentados. Y había sido su adversario político en las elecciones. Este último detalle permitió juegos peligrosísimos en los periódicos digitales. ¿Cómo les suena a ustedes un titular como éste: «El candidato del PSOE, detenido por la muerte del alcalde del PP»? Pues ése era el tono de algunas informaciones. Un extranjero con una lejana noticia del enfrentamiento entre los dos partidos podría entender que en España hay crímenes políticos. Quien haya leído que la intención de los socialistas es «borrar del mapa» al PP, frase muy utilizada en los últimos tiempos, puede obtener la conclusión de que se empezó en una pequeña localidad de Huesca. Si no se atrevía a decirlo en público, le pudo animar una declaración del presidente provincial del PP, que ayer, con toda falta de oportunidad, confesó que desconfía «de la dirección política de la Subdelegación del Gobierno». Y si aun así no se atrevía, es el propio PSOE el que niega la militancia del presunto homicida y aclara lo espantosamente obvio: «No es un asunto político, sino de delincuencia o ajuste de cuentas». Naturalmente, señores socialistas. Claro que tiene que ser un ajuste de cuentas. Sólo faltaría que la tensión política fuera azuzada por un crimen político. Sólo faltaría que la agresividad que enfrenta a los dirigentes se transformara, en su versión local, en una guerra con tiros de postas en vez de palabras. Sólo faltaría que, cuando se acusan de todo, tuvieran que echarse un muerto a la cara. Pero quedémonos con la lección. Cuando se dan las circunstancias que llenaron de odio a ese hombre, puede ocurrir este drama: que la crispación política sea un factor más que el homicida añade a sus locas razones para matar.