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LA UNIÓN entre Inglaterra y Escocia ha cumplido trescientos años. El longevo matrimonio, sin embargo, puede que no dure mucho más. La reforma territorial impulsada por Tony Blair, basada en una autonomía a la carta, ha atendido una demanda real de regionalismo de Escocia, pero también ha potenciado enormemente el deseo de diferenciación. Hoy en día el 52% de los escoceses se muestran favorables a la independencia, aunque luego voten a partidos unionistas y el Scottish National Party siga sin triunfar claramente en casa. Pero el riesgo de una separación es real. En una encuesta reciente del Daily Telegraph , casi el 60% de los ingleses apoyaban la independencia de Escocia. La atribución de poder legislativo real a esta región y el reconocimiento de su sistema jurídico propio ha llevado a una situación que es percibida como injusta por muchos ingleses. En Escocia el gasto público por persona es un 30% mayor que en el resto del Reino Unido. La opinión pública inglesa denuncia este trato privilegiado y ha rechazado hace poco de forma explícita imitar a Escocia, Gales e Irlanda del Norte y convertirse en una región, creando un parlamento inglés distinto del británico de Westminster. Sería además complicado, porque en Inglaterra vive el 85% de la población del Reino Unido, sobre todo alrededor del pujante Londres. En círculos ingleses cada vez tiene más eco la llamada cuestión West Lothian, la incómoda pregunta de por qué sigue habiendo diputados en el Parlamento de Westminster originarios de circunscripciones escocesas. Al fin y al cabo, los miembros de la Cámara de los Comunes elegidos en Escocia deciden sobre la legislación aplicable en todo el Reino Unido menos en su región y carecen de deberes hacia sus distritos de origen, porque el Parlamento casi no legisla sobre Escocia y voluntariamente declina debatir lo que ocurre en ella. Dentro de unos meses, Gordon Brown ocupará el puesto de primer ministro, una vez Tony Blair cumpla su promesa de renunciar en medio de la legislatura. La dificultades para que Gordon Brown gane las próximas elecciones están relacionadas con su condición de escocés, además del desgaste de diez años en el poder. Sin embargo, este buen ministro de Economía, nada nacionalista, forma parte de una honorable tradición de servicio público al Reino Unido. Desde 1707 los escoceses han contribuido de forma decisiva al auge del Imperio británico, con la labor de los primeros ilustrados o con destacados administradores, militares y políticos en el siglo XIX. La identidad escocesa, tal y como se conoce hoy, fue en buena medida una creación de ingleses establecidos en Escocia. Durante los siglos XVIII y XIX, por distintas razones, que van desde los negocios al aburrimiento, estos recién llegados inventaron un nuevo pasado para la región de kilts, clanes y gaitas, hasta entonces símbolos poco apreciados y de origen irlandés, y una vez más demostraron que el pasado es impredecible. Hoy en día, sin embargo, esta identidad es el germen de la separación. Cualquier secesión de una región tiene poco sentido en una Unión Europea muy desarrollada y cuyas normas y principios fomentan la compatibilidad entre identidades y están hechas para unir en vez de separar. El problema en el caso de Escocia es que la independencia es ya más deseada por los ingleses que por los descendientes de Adam Smith.