Al sur del norte

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

HAY OTRO PAÍS al sur, Portugal. Tendido junto al Atlántico y separado de Galicia por una frontera de agua es el padre Miño quien pone una raya de plata entre los dos países. Y para allí viajó la inversión de Pescanova, una macrogranja para pastorear rodaballos, la más grande del mundo, que al parecer no pudo instalarse en la Costa da Morte y encontró acogida al sur del norte. ¿Son gallegos los rodaballos criados en Portugal?, ¿son meros exiliados o pertenecen a la misma comunidad de intereses galaico-portugueses?, ¿tiene denominación de origen el capital inversor?, ¿emigrarán a partir de ahora los rapaces de Camariñas, de Corme, de Carnota o de Muxía a Portugal en lugar de buscar trabajo en Canarias? No hay respuestas. Se entiende mal la decisión empresarial y mucho peor las cortapisas que aseguran ha puesto la Xunta, que dicen se dejó presionar por lecturas conservacionistas no demasiado contrastadas. La ciudadanía no controla las claves que son difíciles de explicar y aún más de entender. Portugal ha celebrado la inversión de Pescanova con subrayados en las primeras páginas de los diarios. Mira está protegida por la Red Natura, razón que fue el primer obstáculo para la implantación en la costa gallega. Ya ven cómo no se entiende nada, y en la UE debe de existir un catálogo, con varios modelos a elegir, de desarrollo sostenible Huérfanos de inversiones industriales, reclamando al capital autóctono que radique sus inversiones en Galicia, hemos dejado marchar ciento cuarenta millones de euros sin encontrar una razón definitiva que justifique de manera rotunda esta decisión. Touriñán es ya un espejismo en la niebla, otro eslabón en la cadena industrial de inversiones frustradas. Ayer mismo me respondía un editor catalán ante una contestación que yo le había dado cuando me preguntó por las ventas de mi último libro. «Mejor de lo esperado», le comenté, y él vio en esa respuesta una característica del pesimismo galaico, que consideró incurable. Y tiene razón, somos incorregibles en casi todo, y aunque el gallego lleve en la voz un ego, es absolutamente inseparable. Necesitaríamos reformatear nuestro disco duro genético y aprender a querernos más. Y aun así no está del todo claro que lleguemos a tiempo. Entre Touriñán y Coímbra existe toda la distancia posible para evitar recorrerla y ya dejó de ser cierto el estribillo que asegura que «menos mal que nos queda Portugal». Para la economía gallega comienza a estar muy lejos.