SEGÚN mi abuelo materno, que en paz descanse, los regalos hay que aceptarlos siempre. Con aquel humor zumbón de molinero, comentaba que, si te daban algo de corazón, había que recibirlo y agradecerlo mucho, porque el oferente quedaría muy feliz de nuestro contento. Pero si no, es decir, si sospechábamos que alguien nos regalaba algo por compromiso, por quedar bien o con ánimo de recuperar... entonces también había que aceptar esos regalos y «que se fastidien», decía. El abuelo, ya digo, fue molinero mucho tiempo y le quedó esa sorna que, como me explicó en una cena Carlos Casares, caracteriza a todos los molineros que han desfilado por la historia de la Literatura. En cualquier caso, resultaba evidente que los regalos del segundo tipo le molestaban y los del primero, le conmovían. Supongo que nos pasa a todos. Con el regalo sincero pretendemos muchas cosas difíciles y casi imposibles de explicar: que el otro advierta que nos alegramos de su existencia y que la festejamos dándole algo, quizá, porque no estamos seguros de estar dándonos suficientemente o porque no sabemos darnos mejor o porque, aunque hacemos todo lo que podemos, queremos hacer siempre más o por un cierto miedo de que el otro no advierta nuestro esfuerzo. A menudo se trata de hacerles felices siquiera un rato, de comprarles una sonrisa a los que queremos, porque, con el regalo en sí, por valioso que sea, los humanos somos incapaces de mejorar en nada a los demás. No les ayuda el regalo, sino nuestro afecto Quizá lo digo para justificar mi desacierto, mi incapacidad para el arte de regalar bien. Más de un tercio de los españoles están dispuestos a vender por Internet sus regalos de Navidad. Señal, quizá, de que se regala demasiado o se regala mal. Podría consolarme. Pero no. pacosanchez@lavoz.es