Espías

| JAVIER CARRO |

OPINIÓN

HIGHGATE -cementerio londinense donde reposa Karl Marx, el judío alemán padre del comunismo- volvió a ser protagonista el pasado jueves por el entierro de Alexánder Litvinenko, presuntamente envenenado en el Pine Bar del Hotel Millenium de Londres. La cantidad de polonio 210 utilizada -de valor multimillonario-, es invisible, inodora e insípida, pero ha dejado un rastro de contaminación radiactiva: en los espías camuflados de hinchas rusos en el partido de Champions contra el Arsenal, en varios vuelos de British Airways, y en diversos puntos de reunión con el sinuoso italiano Scaramella u otros agentes. La muerte del ruso es preocupante para el Gobierno británico y dramática para quienes se relacionaron con él: el ex primer ministro ruso Yegor Gaidar enfermó dos días después; el empresario ruso Dimitri Kovtun (testigo clave en el asesinato) entró en coma la noche del entierro; Andréi Lugovói, ex agente, también tiene afectado el aparato digestivo por envenenamiento. De la cicuta de la Grecia clásica y el cianuro de épocas modernas se ha llegado a los «venenos nucleares». Quizás Markus Wolf, alias Misha (ex jefe del espionaje de la RDA fallecido el 10 de noviembre), considerado el espía sin rostro en la guerra fría, hubiera podido hablar de las armas nucleares terriblemente eficaces en Hiroshima y Nagasaki, del herbicida agente naranja en Vietnam, o de las consecuencias radiactivas de Chernóbil. El 11-S fue el punto de inflexión: células de Al Qaida trataron de obtener armas químicas, biológicas o radiactivas; entonces, la CIA empezó a reclutar agentes para el NCS (Servicio Clandestino Nacional) y a realizar vuelos clandestinos por Europa. En España, el CNI también ha comenzado a buscar espías documentalistas y expertos en prospectiva a través del proyecto Juan Velázquez de Velasco (espía mayor de los reyes Felipe II y Felipe III). Espías como Sorge, Philby (el tercer hombre), Cicerón o Mata-Hari cambiaron con su astucia o artes amatorias el curso de las dos guerras mundiales. Los maestros del género Le Carré, Forsyth, Graham Green o Ian Fleming podrían haber firmado un guión con la trama de intrigas del eje Londres-Moscú. El caso Litvinenko está -más que probablemente- relacionado con el multimillonario Berezowski (opositor al presidente y ex jefe del KGB, Vladimir Putin), con el líder checheno Ahmed Zakayev y con la periodista asesinada Ana Politkovskaya -amigos los tres del envenenado-. Si con una tapa de boli Bic llena de uranio se podría mover el Titanic ¿ ¿qué consecuencias tendría que los independentistas islámico-chechenos dispusieran de una bomba atómica? La respuesta la tiene el Kremlin.