Rezar en una mezquita

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

01 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

HACE poco más de un año, estando de viaje en Córdoba, fui a misa a la santa catedral-mezquita aljama. Estábamos en plena Cuaresma, en el llamado domingo de Lázaro, y en el hermoso templo cristiano, que salvó la mezquita, se desarrollaba una brillantísima liturgia que ya se ve pocas veces en nuestras iglesias gestionadas con notable vulgaridad. La forma en que los arquitectos de Carlos I incrustaron la catedral en la mezquita permite disfrutar de un espacio litúrgico cristiano mientras se percibe la grandiosidad y el recogimiento de las columnatas árabes que, sobre sucesivos estilos, crearon uno de los espacios religiosos más grandes y hermosos del mundo. Y puedo asegurarles que la experiencia es maravillosa, y que paga un viaje, ex profeso, para vivirla. En mi vida de regular cristiano he mantenido la costumbre de asistir a los cultos, cuando estoy de viaje, en el templo más hermoso de los que tengo a mano. Y nunca he reparado a la hora de cumplir mis deberes dominicales -convertidos a veces en sabatinos- en la ortodoxa catedral de la Anunciación, en Kiev; en la anglicana abadía de Westminster, en Londres, o en la sinagoga judía de Cafarnaún. Y si alguna ceremonia recuerdo con recogimiento es la celebración de la Pascua en la catedral ortodoxa de Ginebra. La idea de identificar en el fondo del alma al Dios de las religiones monoteístas -Dios, Yahvé o Alá- sonaba a grave pecado y a colosal heterodoxia hace muy pocos años. Y el hecho de que los fieles desbordásemos por abajo la división de los cristianos nos mereció enormes reprimendas hechas a favor de la identidad colectiva de la fe. Por eso considero de una enorme importancia esa imagen de un papa que, rezando de pie y descalzo en la mezquita Azul, mirando a la Meca, nos vino a decir que Dios es único, y que todos los espacios sagrados tienen un sustrato común. No seré yo quien niegue la importancia que tiene la identidad religiosa, la incardinación cultural de los ritos y la función que cumple la ortodoxia en la pervivencia de la comunidad. Amo profundamente los ritos de mi Iglesia, su música y su concreta expresión verbal, doctrinal y moral de la verdad revelada. Y más de una vez he dicho que no podríamos entender nuestro mundo si olvidásemos la fe que fue decisiva en su construcción, estabilidad y desarrollo. Pero la idea de vivir en un espacio abierto y globalizado, que refuerza -como dice el Papa- nuestra exigencia de identidad, también nos obliga a relativizar las diferentes expresiones históricas de Dios. Porque sólo así podremos evitar que la fe se convierta e argumento de conflicto en vez de ser una llamada a la fraternidad y a la solidaridad entre todos los hombres.