CADA VEZ se escuchan en Bruselas más voces escépticas o abiertamente contrarias hacia la entrada de Turquía en la Unión. La verdad es que el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan está poniendo de su parte para hacer menos atractiva una candidatura ya muy complicada por el tamaño del país, su situación geográfica, el grado de desarrollo económico y social, y la mayoría de población musulmana. El actual primer ministro tiene una idea de la Turquía moderna algo tosca y en cualquier caso bien distinta de la que tenían muchos de sus predecesores, por lo general europeístas y con capacidad de diálogo. En los últimos tiempos, Erdogan ha ralentizado el ritmo de reformas democráticas en materia de derechos humanos, en especial en lo relacionado con la libertad de expresión. Además, en flagrante violación de los acuerdos con la UE, no permite el comercio con la parte grecochipriota de Chipre, Estado miembro desde el 2004, para favorecer a la minoría turca en el norte de la isla. La Comisión Europea ha adoptado en este caso una postura inteligente y firme: critica abiertamente la negativa turca a comerciar con Chipre e incluso a reconocerlo, pero da un plazo a Ankara y sólo propondrá consecuencias si no hay cambios en el próximo consejo europeo de diciembre. El Ejecutivo europeo también ha destacado la falta de reformas políticas suficientes en el país candidato y ofrece ayuda para conseguir acelerar este desarrollo. Los Gobiernos de Francia, Austria y Grecia quieren más contundencia y en el fondo no les importaría provocar lo que los analistas ya denominan el choque de trenes con Turquía. Verían bien la suspensión parcial o incluso total de las negociaciones de adhesión, para ofrecerle como mucho un estatus de socio privilegiado y en cualquier caso dejarlo de modo permanente fuera de la UE, sin importarles mucho las consecuencias del portazo. La coalición gobernante en Alemania asimismo empieza a ser muy crítica en público con la candidatura de Ankara. La crisis entre la Unión y Turquía, anunciada desde hace unos meses, no es inevitable, pero sí parece muy probable. Por ello es fundamental que la Unión no tome decisiones precipitadas y que gestione la cuestión turca respetando sus propias reglas sobre los procesos de ampliación. Lo más fácil es discutir con eslóganes sobre si Turquía es europea o no, pero lo más útil para la credibilidad de la Unión es analizar el cumplimiento turco de los criterios políticos y económicos que se han fijado desde 1993 para los países candidatos a la adhesión. Existen buenas y serias razones hoy en día para dejar a los turcos fuera de la Unión, pero también para hacer todo lo posible para integrarlos, con un plazo de adaptación y espera tan largo como sea necesario. Igual que ocurre tantas veces en la vida; en el caso de la difícil adhesión de Turquía, lo importante no es el qué sino el cómo.