HAY UN orfebre invisible que esculpe el agua en hilos de plata. Persistentes, contumaces y obsesivos. Es la lluvia que ha vuelto a donde solía, al país del norte donde se cobija y donde habita. Estamos hechos de lluvia, labrados, construidos en agua. Somos animales hídricos, casi anfibios, y con chubascos y de orballo modelamos la melancolía. Yo te saludo lluvia, celebro tu presencia. Te habías ido a otras isobaras, camuflada en borrascas ajenas que visitaban otras costas, el viento del sur te desterró temporalmente y teníamos saudades de tu ausencia. Antes, aún está reciente, nos golpeó tu furia. Fuiste tempestad y galerna, creciste en los ríos y anegaste territorios arrebatados. Torrencial fue tu llegada y nada pudo contenerte. Lluvia, divisa de esta tierra, que cambias los grises por los verdes, las nubes por los prados, te siento repicar en mi ventana una pertinaz melodía de agua, como un mantra, como un canto gregoriano, banda sonora del otoño. Llegó de nuevo el carro de las lluvias y se fue el anticiclón a la fábrica de vientos de las Azores a esperar las órdenes del sol del mediodía, y la lluvia fue velando la foto amable del paisaje salpicando toda la memoria, zigzagueando en las curvas que hace el río que juega desde siempre al escondite. Y esta lluvia en la tierra del agua va a ser la despensa que nutra nuestro futuro, cuando seamos isla, sólo Galicia llevará desde el norte la bandera de la lluvia, como riqueza, tesoro transparente, celestial fuente que en la mar te haces océano y en la aldea paisaje. Geografía de lluvias en noviembre, plaza mayor de Galicia toda. Te recibo como quien se encuentra con un viejo y muy querido amigo y siente, percibe la sinceridad del abrazo. Has acudido lluvia, aquí tienes tu casa y tus afectos.