Los males que no cesan


LA DISMINUCIÓN de las cifras de accidentalidad en el tráfico de nuestra comunidad durante los últimos tres meses con relación al pasado año conforma un dato positivo dentro de su relatividad. Y es que ocurre que en el panorama global de la seguridad vial hay razones para mantener toda suerte de dudas. Los tramos finales de una y otra semana siguen abiertos a la tragedia en forma de muertes violentas de jóvenes.Resulta insólito que en sólo dos noches se individualicen hasta doscientos conductores con tasas de alcoholemia que superan los límites legales, y 174 más que no utilizan cinturón de seguridad, tan sólo en el estricto marco territorial que vigilaban los agentes, que no en el conjunto de la red vial. Utilizar el automóvil en las noches o madrugadas de fin de semana es retar a la vida, y así lo acredita esa sucesión inacabable de calamidades que parecen buscadas a propósito por tantos y tantos jóvenes. De algún modo cabe decir que las tragedias se consuman obedeciendo a una implacable lógica. Tal sangría de vidas jóvenes sobrepasa la fuerza de toda suerte de advertencias, de planes educacionales, de ofertas de transportes alternativos. El instinto personal va mas allá del instinto comunitario y no hay valores que sirvan frente a la libertad desaforada. No puede entonces aceptarse que el derecho de libre circulación tenga valor absoluto siendo el Derecho en sí mismo un sistema de límites, y más cuando se pretende la pacífica convivencia dentro del fenómeno social de la circulación. Es por lo que puede plantearse si acaso cabe que los poderes públicos estableciesen precisas limitaciones al tráfico singular de fin de semana en función de fechas y horas predeterminadas, de la edad de los conductores, de las características de los vehículos, etcétera, no sin dejar a salvo los viajes que se estimasen como necesarios. Desde el plano de la vida social, e incluso desde los fines del Estado, teniendo en cuenta que los preceptos de derecho positivo «rigen las conductas de los hombres en sus mutuas relaciones sociales», habría de evitarse en el marco del orden jurídico, este continuo jaque a la vida que se produce cada fin de semana.

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