EL PRÓXIMO Estatuto de Autonomía de este reino nuestro va a ser lo que Alberto Núñez Feijoo quiera que sea. Porque para eso tiene la llave. No va a ser lo que el PP diga, ni lo que la FAES desee. Ni, por supuesto, lo que Zaplana y Acebes quieran, que casi nunca quieren nada que no sea alboroto. Porque, visto lo visto, en las negociaciones de los anteriores estatutos, cada líder autonómico fue por libre e hizo y decidió lo que le pareció que debía hacer y decidir. Después de la verbena organizada en torno al texto catalán, donde los populares rechazaron un articulado que recogía párrafos que ellos mismos habían redactado; después de llevarlo al Constitucional porque incluye planteamientos que resultan menos ambiciosos que los de Canarias, Valencia o Baleares que sí apoyaron, los dirigentes que, según dicen, dirigen desde la calle Génova, no han hecho más que embarullar la línea que el partido ha de seguir en este asunto. Javier Arenas acaba de demostrarlo con el texto andaluz. Cuando el portavoz Zaplana buscaba provocar otro incendio, llegó Arenas y mandó parar. Y ahora hasta el propio Fraga se permite decir en público que Zaplana se ha equivocado y que el texto andaluz es bárbaro. Así que, a la vista de lo acontecido, en esto de las reformas estatutarias -y en algún otro asuntillo también empiezan a hacerlo- los del PP van por libre. Cada uno a lo suyo, que después hay que dar la cara, pedir el voto y explicar por qué se hizo lo que se hizo. Y en este panorama de tanto desorden y tanta grieta tranquiliza ver los resultados de la entrevista de ayer de Núñez Feijoo con el presidente Touriño. La voluntad de acuerdo y la convicción personal hacen pensar que Galicia no va a ser portada permanente de los telediarios, ni tema de conversación en tertulias y chascarrillos. Y eso será un gran logro, porque querrá decir que aquí tienen poco que hacer y que decir los zaplanas, los acebes, las aguirres y las faes.