Humanicidio


ALGUNOS se empecinan en intentar embridar el caballo por la cola. Se pueden imaginar el resultado. Nunca me gustaron las afirmaciones apocalípticas ni el recurso efectista al infierno. Me molesta mucho encontrarme en el buzón de mi casa esos folletos catastrofistas de los Testigos de Jehová. Considero que ese tipo de discursos no son útiles para activar el sentido común, la responsabilidad, la compasión y la confianza (ingredientes básicos para una vida plena y con sentido), que es de lo que se trata. El miedo no es un buen compañero de viaje. Ahora bien, miedo no es sinónimo de prudencia. Templanza, cautela y moderación parecen palabras desconocidas en la cultura actual. La sensatez y el buen juicio no nacen en los árboles, se cultivan con dedicación y esfuerzo. Las virtudes no están pasadas de moda, nunca pasarán de moda. Las normas son para cumplirse, por nuestro bien, por el de los demás. No entenderlo así es un comportamiento suicida, como ya Erich Fromm puso de manifiesto. ¿Nos estamos realmente suicidando?Llevo tiempo dando vueltas en la cabeza a todas estas cosas. Observo por todos lados un incremento notabilísimo de los atentados contra esas virtudes absolutamente indispensables para la maduración del sujeto y la convivencia social. Así no vamos a buen puerto, de eso sí estoy seguro. Por desgracia, el pasado fin de semana me ha dado nuevos motivos para continuar con mi reflexión (ojalá sirva de algo). El sábado, fue ese magnífico reportaje sobre cómo afectará el cambio climático a Galicia publicado por este diario: resulta estremecedor ser consciente de lo que está en juego, saber que se lleva alertando sobre este asunto desde hace más de 30 años y comprobar lo poco que hemos realizado para invertir la tendencia. Luego vino el terrible accidente de coche en Betanzos: descorazona hasta el tuétano saber que llevamos 82 jóvenes muertos en accidentes de tráfico en lo que va de año. Pero asusta y desmoraliza todavía mucho más saber que el conductor del vehículo siniestrado había destrozado ya otros tres y se había pasado una buena temporada en una uci hospitalaria (que, por cierto, pagamos entre todos). Algo muy serio falla en nuestras escuelas, familias e iglesias cuando no somos capaces de imbuir un mínimo de prudencia en las jóvenes generaciones. A lo mejor resulta que los modelos pedagógicos tradicionales no eran tan malos como se objetó en los años ochenta.

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