DICEN que el gran Cormac McCarthy ha publicado una novela definitiva, una fábula terrible sobre la escapada hacia ninguna parte de un padre y un hijo, con un carrito de supermercado, en una futura era posnuclear. El mundo, un páramo de cenizas aventadas por la tormenta, la infancia como un lugar en la mente, una esfera nevada que no se puede tocar. Cormac escribe que se notaba tanto frío que se podían quebrar las rocas. Y hacia ese universo fatal caminamos los seres humanos, disciplinados, absurdos. Sólo hay que ver las imágenes del último curso del World Press Photo, para reconocer las señales de la intemperie. Uno de los ganadores fue un canadiense, Finn O'Reilly, que fotografió los dedos del desnutrido niño, Alassa Galisou, que tapan la boca perpleja de su madre. Pero ahí están el crío de nueve años que se retuerce junto a su padre después de que le amputasen el brazo por un terremoto en Pakistán, de David Guttenfelder. Están ahí las aguas emponzoñadas y el fuego devastador arrasando como una plaga bíblica Nueva Orleáns, de Michael Appleton. La patada en la cara de un oprimido por la bota militar en los callejones sin salida de África que atrapó el fotógrafo Ben Curtis. O el financiero de la City londinense, de Edmond Terakopian, asaltado por el terror en su placenta económica del primer mundo. O la serie de Scott Nelson del coche bomba en el avispero mortal de Bagdad. Y todo resumido por Rodrigo Abd en la cabeza guillotina, en el suelo de una prisión, por la venganza de las maras en Guatemala. Los fotógrafos, testigos, recogen la violenta violencia para que no olvidemos la casa en la que vivimos. Para que no olvidemos que hacemos la noche en el día. Que el hombre es un lobo con hambre, vengador, perdido por el bosque desolado de los poderosos. Y esa es la fosca verdad. cesar.casal@lavoz.es