Diálogo bioético


EL COMIENZO y el final de la vida concentran una gran cantidad de problemas éticos. Los vemos reflejados cotidianamente en los medios de comunicación. Probablemente esto se deba a la importancia objetiva de ambos momentos y a la resistencia que ofrecen al análisis intelectual. Tienen algo de misteriosos: lo fueron en el pasado, lo son en la actualidad y, seguramente, lo serán siempre. Pero no todo vale, hay modos de intervención correctos y otros que no lo son tanto, de ahí la necesidad de dilucidar paciente y prudentemente la ética de los diversos modos de actuación en la vida humana. La bioética nació como un movimiento más que como una disciplina. El debate bioético se crispa a menudo por culpa de bioéticas confesionales exageradas: esos excesos pseudorreligiosos hacen un flaco favor a la vida que pretenden proteger y desencadenan la reacción opuesta por parte de laicismos desproporcionados. Quienes los permiten y/o auspician deberían tenerlo presente.Contribuir a la conversación cívica sobre temas de bioética es el objetivo del XXI Foro de Encrucillada, que se celebró el pasado sábado a lo largo de todo el día en el auditorio de Caixa Galicia en Santiago de Compostela. Contó con la presencia, entre otros, del profesor Diego Gracia, quien fue, junto a Francesc Abel y el fallecido Javier Gafo, el introductor de la bioética en nuestro país. Y como las cosas buenas suelen venir acompañadas, los días 15, 16 y 17 los jesuitas del Centro Fonseca de A Coruña nos invitan también a reflexionar sobre estos temas de la mano de Luis González Morán y Juan Ramón Lacadena, abogado el primero y catedrático de Genética el segundo, miembros ambos de la Cátedra de Bioética de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. Encrucillada y el Centro Fonseca no pueden dar prueba mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la sociedad que la de dialogar de verdad con ella acerca de esas cuestiones. Se nota que no les impulsa ambición terrena alguna, como se deja traslucir en otras iniciativas que hemos visto en meses pasados. Cuando el Concilio Vaticano II habló acerca de las formas y raíces del ateísmo, dejó claro que los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad, precisamente cuando olvidan que su fundador vino para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido.

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