El linchamiento judicial de Sadam Huseín

OPINIÓN

UN TRIBUNAL títere, al servicio de un Gobierno títere, y bajo el control de una potencia invasora, acaba de condenar a muerte al ex dictador Sadam Huseín. Y así culmina, para vergüenza de Occidente, la operación liberadora con la que hemos distinguido la Mesopotamia. Desde que comenzó la guerra de Irak se han contabilizado medio millón de muertos, entre los que casi no hay soldados ni dirigentes de Al Qaida. Los cadáveres que bajan a las fosas comunes pertenecen a mujeres que iban al mercado, a novios que celebraban sus bodas, a patriotas que defienden su suelo como mejor saben, a mafiosos y aventureros despertados por una guerra importada de lejos, a prisioneros torturados hasta la muerte, a pobres diablos masacrados por una patrulla de americanos drogados, y a jóvenes desesperados que quieren salir de la miseria entrando al servicio de una policía corrupta. Por eso suena a sarcasmo que los responsables de tan horrendo genocidio, que sólo tenía por objetivo una remodelación estratégica de las alianzas militares y de las reservas de petróleo, quieran lavarse la cara con una sentencia que suena a puro linchamiento. Podían haber enviado a Sadam Huseín al Tribunal de La Haya, pero no quisieron, porque a Bush no le gusta la Justicia independiente. Podían haber evitado la pena de muerte, tan repugnante en su propia frialdad, en correspondencia a los muchos aliados que rechazan la pena de muerte. Pero nada de eso servía al comandante en jefe de los ejércitos USA, que, humillados en su inoperancia, pretenden disimular su fracaso con actos liberadores que suenan a puro linchamiento. Y, en el trágico flirteo que se traen los votantes americanos con la guerra, tampoco sintieron el más mínimo pudor a la hora de hacer coincidir la sentencia con las elecciones del martes, en busca de un cierre de campaña tan exitoso como macabro. En términos absolutos la muerte de Sadam puede quedar asimilada a una venganza necesaria, o a una operación política que impide la vuelta atrás del disparate iraquí. Pero, hablando en términos conceptuales, el hecho de ahorcar al dictador iraquí es la evidencia de que no existe Justicia internacional, y una invitación a que los pueblos más humillados -¡que razón tenían los serbios!- manden a tomar viento a un tribunal como el de La Haya que, sobre el hecho de no atreverse más que con los pobres y los derrotados, ni siquiera tiene arrestos para poner de manifiesto la rebeldía americana ante los balbuceos de la Justicia mundial. Derrocar a un dictador debería ser una gran alegría. Pero no puede sentirse tal cosa si se le vence con el crimen, el cambalache, las masacres y la soberbia del imperialismo reverdecido. Un horror.