EN LA preciosa aldea de pallozas de Vilarello de Donís recogí en los años noventa el testimonio sobre un joven científico, del que los ancareses desconfiaban y que pronto aprendieron a querer. Entre 1965 y 1969 Javier Castroviejo pasó largas temporadas en la soledad del bosque del Abisedo de Vilarello, el mejor bosque de Os Ancares. Allí, en la mayor de las austeridades, solo, en las ruinas de la antigua explotación maderera de Os Cabaniños, escribió su tesis doctoral sobre el urogallo. Hubiere ventisca de nieve o aguaceros, en plena noche, se echaba al monte para alcanzar los cantaderos al amanecer, en los altos; y así describió la subespecie urogallo cantábrico, hoy en grave peligro con no más de 500 ejemplares. Aquel biólogo novel, natural de Bueu, ex director de la Reserva Biológica (R. B.) de Doñana, ha contribuido decisivamente a la expansión del programa MAB de la Unesco en España y en otros continentes, hasta la consecución del Premio Príncipe de Asturias en el 2001. Trabajador infatigable, Castroviejo dirige desde su ONG proyectos de conservación y desarrollo en Venezuela, Bolivia, Paraguay, Mauritania, Namibia o Senegal, desde el desierto hasta el bosque tropical. En Galicia ha demostrado que la protección del medio ambiente no es de izquierdas ni de derechas, y ha colaborado estrechamente en la consecución de las R. B. de Terras do Miño (2002) y Allariz (2005). Presidente del Comité Español de R. B., recientemente destituido a propuesta de un intervencionista Ministerio de Medio Ambiente, ha ejercido su último acto en el cargo con un legado impagable para Galicia: la Reserva Biológica de Os Ancares. De tesón incansable, y tras promover lo que empieza a ser la gran R. B. de la cordillera Cantábrica, no ha parado hasta conseguir, en segunda intentona, el reconocimiento internacional para Os Ancares, que desde hoy ocupan un lugar preeminente en el mundo, conjuntamente con sus homólogos leoneses. Queda en deuda Galicia con el profesor Castroviejo, por su decisiva, sabia y desinteresada contribución al futuro de estas queridas montañas.