LA PRIMERA impresión de las catástrofes -el Prestige , los incendios, la contaminación del Umia, las inundaciones- es la de que el Finisterre está dejado de la mano de Dios. Pero la segunda, la que queda después de digerir los primeros impactos, es la de una gran chapuza, como si esta tierra se hubiese convertido en el reino de la improvisación más ciega y tercermundista. Vivimos en un país gobernado a base de intuiciones y reacciones, en el que nadie mide las consecuencias de lo hecho, y en el que el pueblo se adhiere a la estúpida filosofía de que siempre es mejor hacer algo que nada. Y por eso me produce escalofríos la política de incrementos presupuestarios que, en un intento de dar respuesta al clamor popular, renuncia a hacer diagnósticos serenos y a cantarle a la gente las verdades del barquero. Las inundaciones de Cee no las produjo el cielo, sino un relleno de hace cuarenta años que, después de tapar la desembocadura de los ríos, repartió el dominio marítimo en solares públicos y privados. Lo de Sabarís también es artificial, y también trae causa de un estrechamiento progresivo de los aliviaderos del Val Miñor. Cualquiera que vaya a Poio puede ver cómo se han taponado todas las torrenteras que, en medio de un paisaje de infinita belleza, bajaban del Castrove. El caso de Caldas, con el río atrancado por la propia casa consistorial, es sangrante. La cuestión de los incendios es lo mismo. Mientras unos se dedican a acumular leña donde no debe estar, o a meter sus casas y fábricas en el bosque, los otros gastan ingentes sumas de dinero en luchar contra fuegos inexorables. La fábrica que contaminó el Umia estaba en un sitio inverosímil porque alguien la puso. La Ciudad de la Cultura se empezó y se dimensionó sin tener ni puñetera idea de lo que se iba a hacer con ella. Los puertos exteriores del norte se acumulan en menos de 30 kilómetros de costa sin que nadie sepa cómo se van a pagar las infraestructuras y cómo se va a repartir su escasa demanda de atraques. Y así hasta el infinito. Facultades inauguradas hace un decenio están vacías. Muchos puestos escolares de la Galicia interior jamás acogieron un niño. Magníficas carreteras casi desiertas compiten con corredoiras llenas de rotondas que convierten las Rías Baixas en un laberinto interminable. Y, mientras se construyen autovías hacia O Grove y Ribeira, se insiste en que hay que detener la marbellización del litoral. La gestión de los Gobiernos se mide por sus consecuencias. Y todo esto tiene responsables que ya no andan por San Caetano. Por eso nos conviene dirigir bien nuestras iras y no confundirnos de enemigo. Porque en ello nos va el futuro y el dinero de nuestros impuestos.