APARTE de lo que Benedicto XVI dijo en Ratisbona respecto a unos señores que hablaban de Mahoma, también hubo en su discurso palabras referidas mucho más específicamente a lo que es hoy por hoy el meollo de las especulaciones intelectuales en el Vaticano. Benedicto XVI domina una teoría y una práctica filosóficas que al católico le importan bastante poco. El Papa es un teólogo, y al creyente católico la teología le ha interesado siempre tanto como al católico español la lectura de la Biblia. Tampoco hay que perder de vista la circunstancia histórica de que cualquier familiaridad con el Antiguo Testamento podía poner al creyente hispano en un brete más que fastidioso con la Inquisición. Es probable que haya sido ese entramado de condiciones el que haya llevado la atención de los observadores a lo dicho en Ratisbona sobre Mahoma, mucho más que a lo subrayado con respecto a la razón y a la naturaleza de Dios. Lo dicho en ese sentido fue que «no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios». La naturaleza de Dios forma parte primordial de las preocupaciones profesionales del teólogo, pero no parece que quite el sueño al feligrés puesto mayormente a ordenar y garantizarse lo mejor para su ultratumba, una tarea en la que, gracias a Dios, le basta con cumplir con los mandamientos que el Señor le entregó a Moisés un tiempo después de habérsele revelado en el desierto tras el aviso de una zarza que ardía sin consumirse, cosa bien poco razonable. La religión es un fenómeno extraño e intangible. El hecho religioso es un misterio. La razón acosará cuanto le venga en gana al sentimiento y las sensaciones religiosas, del mismo modo y casi en monótona simetría del agobio con el que la fe y sus rigores doctrinarios perseguirán con sus musculaturas invisibles el agotamiento de los músculos bien evidentes de la razón. Llevan siglos en eso, y lo mejor que se puede decir al respecto es que son como niños. El ángel que anunció a María fue el mismo que acudió luego a José para quitarle de la cabeza la razón de repudiarla. Según los más antiguos teólogos, ese ángel «representaba a Yahvé», y dijo: «Lo concebido en María, tu esposa, viene del Espíritu Santo». No hay hueco en el episodio para la razón, ni su carga de seducción espiritual ofrece la más mínima debilidad frente a cualquier persuasión o disuasión científica. La cosa es así y así es la cosa, como lo es en la unión hipostática, la transustanciación, la Santísima Trinidad, la Resurrección de la Carne, la de Cristo, su Ascensión y la Asunción de su Madre. No hay mucha cuña que meter entre el Yo Soy y El Que Soy. A menos que olvidemos los textos y juguemos a otra cosa. Bajo tanta imposibilidad de poner puertas al campo, sorprende que el Vaticano cierre, a las pocas semanas del discurso de Ratisbona, las puertas del limbo, y que insista en corregir toda la geografía del más allá, cuando no hay manera de deslindarlo de la ultratumba. Puede que el infierno sea a partir de ahora un estado de ánimo, aunque no deje de ser una cabal imposibilidad teológica. Y puede que el paraíso pase a ser un modo de ser Dios. Lo que no puede ser es que la razón lo explique y aclare, por mucha o poca que sea su participación en la naturaleza divina o de Dios.