La vía Pamuk

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

LA Academia sueca ha vuelto a tener intención política con el Nobel de Literatura. Orhan Pamuk no es un autor malo. Todo lo contrario. Tiene calidad para regalar. Pero la corona sueca le llega por ser un símbolo del único camino para acercar a Occidente y Oriente. Pamuk se mojó, y mucho, para que Turquía entrase en la UE. Hoy es mucho más escéptico. Pamuk, su obra y su pensamiento, es como el viejo puente Gálata que une Europa y Asia. Esa es la metáfora perfecta. Aunque Pamuk allí es odiado por los intolerantes que lo querían ver condenado por criticar en una revista suiza la masacre de un millón de armenios y 15.000 kurdos en 1915. Fue amenazado de muerte. Un oficial pidió que se quemasen sus libros y el caso quedó archivado en el 2006. Le odian, pero la vía Pamuk es la única salida a un conflicto que sólo trae sangre y muerte. Pamuk dice que el problema de los turcos no es tanto la religión como la pobreza. «Si Turquía entra en la UE y acaba con su pobreza, la fe no sería un problema. Los católicos franceses no son un problema porque tienen un alto nivel de vida», reflexionó más de una vez. Pero a Pamuk lo que le van son las palabras escritas, no el personaje público. Pamuk es Estambul. «Lo que ha formado mi carácter ha sido permanecer ligado a la misma casa, a la misma calle, al mismo paisaje, a Estambul», expresa el premiado en la autobiografía recién publicada en España. Es hijo y nieto de ingenieros. Sus padres se separaron. Algo que le marcó. Dicen que le han premiado también por la melancolía. Si lo quieren ver en secreto, suban a uno de los vapores que cruza de un lado al otro el Bósforo. Lo verán sentado, como un pasajero más. Le gusta hacerlo una y otra vez. Como con su primer amor. Aquella que nunca le contestó a las cartas cuando sus padres se la llevaron a Suiza. cesar.casal@lavoz.es