HAY VECES en que este país se calienta como las gacelas cuando las miraba Tarzán, o como Tarzán cuando lo miraba Chita. Es un país que, en ocasiones, se esmera en el alarde de una extraña poesía visceral y espasmódica en la que el delincuente encartado en su proceso suelta amenazas reales y tiros imaginarios a sus jueces al otro lado del cristal, mientras el artista la goza proponiendo de sí mismo una imagen soez y venérea con la que busca la fama que le vendría de sodomizar a España, a lo que se le parezca y a lo que pudiera pasar por ahí. No son espasmos iguales ni vísceras idénticas ni sorpresas similares. Que un etarra emprenda los amenazantes aspavientos del homicidio contra quien él mismo designe o decida que le viene a mano no es algo tan inusual, por mucha que sea la tregua y por prolongado que resulte el alto el fuego en que vivimos. E incluso pudiera ser que esas circunstancias fueran el argumento más íntimo y coherente de las pataletas del etarra y de su expresión corporal del habitual tiro en la nuca. Del tiro o de los siete tiros. O de las ráfagas con que los encapuchados trenzan su danza macabra dirigida no se sabe bien a quién, si al Gobierno con el que se pretende negociar o a quienes estén más o menos dispuestos a entrar en negociaciones. Son, más bien, los cuadros de una exposición que expresa, por un lado, las duras penas de cualquier propósito de la enmienda y, por otro, la nostalgia fantasiosa que siempre imponen la máscara de la leyenda y el fusil adolescente. El caso de Pepe Rubianes es muy otro, y entraña, para su desdicha, unos cuantos ingredientes de ese malestar que muy ocasionalmente afecta a los actores de prestigio sumamente minoritario y que corresponden al síndrome del «antes muerta que sencilla». Nunca sabremos -puede que ni siquiera lo sepa él- las razones por las que este actor decidió aplicar a un país llamado España el rigor de la ley de sus genitales. Tampoco es tan fácil averiguar la razón por la que este actor quiere ver el contexto y dimensiones de su público, es decir, el país donde tiene sentido el repertorio de su espectáculo, puesto a cuatro patas y mordiendo una emponzoñada almohada. Aunque lo más arduo de todo es encontrar la razón por la que, una vez expresado el catálogo de su pornografía hispánica, decide pedir perdón bajo la excusa de que tan sólo se dirigía al fascismo de la raza. Puede que sólo sean episodios de una extremosidad histriónica que afronta la falta de imaginación y la escasez del discurso auténticamente político con el recurso a una palabrería tan gesticulante como marchita. Y así, Gobierno y oposición toman nota de esos modos de expresión, y el primero asegura que el segundo es «la extrema derecha», oportunidad que el segundo, el PP, aprovecha para decir que el PSOE es «la extrema izquierda», afirmación que a Llamazares le ha puesto tan de los nervios como cuando exigió un lugar entre los guiñoles de la tele. Si en tales extremos se ponen PSOE y PP, ¿qué extremo dejaremos para el etarra? Y si ni el PSOE ni el PP caen en lo estúpido de lo que dicen, porque en realidad no lo saben, ¿qué podemos esperar que sepa el pobre Rubianes?