COMO no deseo atribuirme más méritos que los que en realidad me corresponden en un descubrimiento excepcional que «vino a mí» el viernes 29 de septiembre, comenzaré por hablarles de la famosa serendipia. Con ese término -traducción literal de la palabra inglesa serendipity - se hace referencia a aquellos inventos que se han producido de un modo más o menos casual. Aunque es celebérrimo el supuesto caso de la manzana de Isaac Newton, hay otros más reales, pero menos conocidos: por ejemplo, los del velcro, los copos de maíz o los pósits. Quien desee información sobre el asunto puede leer con gran provecho, y más placer, un libro sin par de Royston Roberts titulado Serendipia. Descubrimientos accidentales de la ciencia . Desde el viernes 29 de septiembre, el descubrimiento que modestamente me atribuyo debería pasar, por derecho propio, a engrosar ese elenco del azar del señor Roberts. Yo hojeaba La Voz de Galicia y de pronto, a toda página, pude -atónito- leer las dispares disyuntivas que proponían los expertos para dar una finalidad a nuestra entrañable Cidade da Cultura cuando entonces, como Arquímedes al descubrir su famosísimo principio, grité «¡Eureka!» y vi la luz. Sí, sí, la vi con una extraordinaria claridad. ¿Me atreveré a decirlo? ¡Pues claro que me atrevo! Y ahí les va: la Cidade da Cultura debería convertirse en un gran foro de debates sobre qué hacer con la Cidade da Cultura. Un gran auditorio donde médiums, tecnólogos, organizadores de másteres, astrónomos, adivinos, futurólogos, ex políticos, redólogos, gentes del circo y tutti quanti dedicados todos a la cosa cultural discutieran cuál podría ser la finalidad de una megaobra donde Galicia va a enterrar casi 400 millones de euros, 66.000 millones de pesetas. La grabación en audio de esas irrepetibles discusiones justificaría la existencia de una buena fonoteca, y su grabación en vídeo, de una magna videoteca. El genio artístico del eje Galicia-Europa, eje que tanto preocupa a la nueva Xunta de Galicia, nos serviría en bandeja producciones teatrales y cinematográficas de primera calidad sobre los usos de la Cidade da Cultura, que acabaría, así, por ser el culmen mismo de la obra posmoderna: un recipiente destinado a debatir eternamente sobre los usos del propio recipiente. Ni siquiera Mario Merz, con sus exposiciones de falsos iglús, manzanas y pedruscos, podía haber imaginado tan autista perfección.