LO QUE EMPIEZA a filtrarse sobre el monte Gaiás pone los pelos de punta. Porque si es muy cierto que Fraga afrontó su mausoleo a tontas y a locas, sin conocer la realidad cultural de Galicia, con el silencio culpable de casi todos, y sin hacer un cálculo sobre su viabilidad, también resulta evidente que la abultada nómina de intelectuais que adorna este país se muestra incapaz de evitar el fiasco con el que vamos a cargar a las generaciones venideras. Claro que a la Xunta le está bien empleado por ir a comprar ideas a un mercado tan poco abastecido, y porque, en vez de afrontar el problema con expertos gestores, capaces de entender la doble dimensión económica y cultural del embolado, acabaron pidiendo consejo a una pléyade de retóricos que, sin mover una pestaña, son capaces de destinar cien millones de euros a un taller de experiencias artísticas. Parafraseando aquella manida reflexión sobre la guerra y los militares, también yo creo que la gestión cultural es un tema demasiado serio para dejarlo en manos de intelectuales puros. Y por eso llegó la hora de replegar un poco a los poetas para que empiecen a hablar los contribuyentes, y para que empecemos a exigir balances serios y rigurosos sobre la rentabilidad y la eficiencia cultural de la enorme serie de centros de dudosa calidad que, a golpe de promesa electoral, han invadido nuestras ciudades. Porque, si analizamos con objetividad la infraestructura cultural que nos trajo a donde estamos, llegaremos a vislumbrar una salida filosofal para la Ciudad de la Cultura. Lo primero que harían unos buenos gestores es excluir de su informe las síntesis verbales de la cultura subvencionada: «un obradoiro de», «una factoría para», «un centro de recursos aplicados», «un espacio diverso», «un observatorio». La segunda poda estaría relacionada con palabras como formación, animación y diversidad, que siempre presagian un género menor. Y la tercera exclusión afectarían a lo global, lo mundial y lo identitario, que siempre alertan del desconcierto. Porque si algo tenemos que evitar en este trance es una faena de aliño que derive en un costoso montón de chatarra cultural colonizado por minorías más o menos extravagantes. La conclusión final es la de siempre: que el futuro del Gaiás sólo puede abordarse por los extremos, proclamando el conocido principio de que a lo hecho pecho -y ¡viva la ópera!-, o recurriendo a un aborto sin complejos que nos libre de los monstruos engendrados por la megalomanía. Las salidas intermedias son las peores. Y no me gustaría que la historia personal de Ánxela Bugallo quedase ligada a un titubeo despilfarrador de duración indefinida.