El minifundio de la razón

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

LA ESENCIA de Galicia es el minifundio. Primero empezamos por la tierra: todo el mundo es propietario y nadie tiene una finca racionalmente explotable. Después vinieron los empresarios: todos tienen un negocio familiar, un bar o una mercería, y casi nadie tiene un empleado. Y ahora llega la razón: todo el mundo explica sus demandas, pero nadie tiene un país en su cabeza. Así se pone de manifiesto en los presupuestos generales del Estado, en los que todas las provincias salen a flote mientras Galicia zozobra. Tiene razón Solbes, para empezar, cuando dice que el 8% de la inversión del Estado mejora nuestras anteriores marcas, nos pone por encima de la media en la inversión por habitante y testimonia la voluntad del Gobierno de poner al día los servicios públicos de Galicia. Pero no tiene razón cuando da por supuesto que presupuestar es igual a ejecutar, cuando contabiliza como inversión gallega ciertas obras que modifican a favor de otros los vectores de la economía gallega, y cuando olvida que las inversiones del Estado no son la única forma de repartir el presupuesto. También tiene razón Pérez Touriño cuando dice que las infraestructuras, y muy especialmente el AVE, reciben un fuerte impulso. Pero se le olvida a Touriño que el eje atlántico ferroviario va con un enorme retraso, que carece de planes de electrificación y señalización adecuados, y que no podrá funcionar como un tren moderno hasta dentro de muchos años. O que el tramo de alta velocidad entre Ourense y Santiago está funcionando como una maniobra de distracción respecto al conjunto de la conexión con Valladolid (que no nos carguen en la cuenta, por favor, el túnel de Guadarrama), y cuando se hace evidente que Oviedo y León se van a adelantar más de un quinquenio a nuestro tren, o que la Y del País Vasco, todavía en proyecto, se va a inaugurar varios años antes que la nuestra. Tiene razón Alberto Núñez cuando denuncia la muerte del Plan Galicia, y cuando pone de manifiesto el alto grado de incumplimiento de los presupuestos anteriores. Pero también olvida que el Plan Galicia era un fuego de artificio, con prioridades exógenas, y lleno de argucias mediáticas que sólo hablaban de la nada. También tenemos razón, finalmente, los que decimos que el programa inversor es desolador en cuanto a la vertebración del país. Porque muchas obras, incluso importantes, son reflejo de un impulso localista, y porque sigue habiendo grandes proyectos y obras en marcha que arrojan muy serias dudas sobre su incardinación en el esqueleto de un país moderno y bien organizado. Y eso es lo malo, que todos tenemos un fragmento de razón, pero nadie tiene, en expresión grandilocuente, la razón de Estado.