Enseñanza e informes Pisa

| MANUEL MENOR CURRÁS |

OPINIÓN

DESDE el año 2000, en que se hicieron públicos los datos del primer informe Pisa, existe cierta fiebre por conocerlos, no siempre con la sabia intención de corregir problemas y mejorar las prestaciones del sistema educativo. No es infrecuente que se presenten de manera simplista o que sean instrumentados para argumentar cualquier tipo de política educativa. Sería improcedente tomarlos como referencia exclusiva de la situación de nuestra enseñanza, pues su diseño específico sólo trata de evaluar competencias de nuestros escolares de 15 años, casi al final del tramo de la enseñanza obligatoria. No obstante, al pretender diagnosticar el grado de consecución de capacidades consideradas básicas para afrontar la vida adulta, justo en el momento en que se inicia la transición a ella, la información de los Pisa es muy relevante y sintomática. A la postre, versa sobre la eficiencia de la escolaridad generalizada. Observando la capacidad de aplicar lo aprendido, en aspectos tan importantes como la lectura o la resolución de problemas, indaga sobre la calidad de la etapa políticamente más significativa del sistema para la enseñanza-aprendizaje. Además -aunque no sea lo más importante-, la comparabilidad de datos dentro del contexto de los países de la OCDE adscritos a este programa permite establecer ránkings de resultados, de excelencia o mediocridad, entre las distintas políticas educativas. Este instrumento informativo tiene todavía muy poca incidencia en lo micro de la enseñanza cotidiana de cada comunidad y cada centro. Pero más inquietante todavía es el hecho de que esta información no haya logrado conmover ni comprometer a la sociedad para que se tome en serio este asunto. La enseñanza es, en la práctica, poco más que uno de nuestros asuntos privados. En todo caso, es hipócrita escandalizarse de algunos datos del Pisa, sin tener en cuenta ni los avances logrados en nuestro sistema educativo en los últimos treinta años ni las deficiencias crónicas de que partíamos entonces. ¿En la adolescencia de muchos opinantes con cinco o seis décadas a sus espaldas, la situación general era infinitamente mejor? ¿Se nos ha perdido en este trayecto una época gloriosa de la educación o la lectura? Además de que esta información deba leerse contextualizada, para que nuestra cualificación supere la mediocridad en todos los aspectos que se evalúan habrá que ponerse de acuerdo en aspectos básicos del valor estratégico de la educación, tanto en su perspectiva económica como en la difusora de los valores democráticos. ¿Acaso ha habido algún asunto susceptible de ley orgánica que haya propiciado más desencuentros parlamentarios que la educación? Los informes Pisa son limitados, pero no dejan de suscitar líneas de reconocida eficacia para cambios sustantivos de la enseñanza. Descubren, por ejemplo, la falacia de algunas políticas que ignoran la gran correlación que muestran entre resultados y entorno familiar y concentran -sin compensaciones- en las escuelas públicas la parte más necesitada del sistema: ¿por qué no imitan a Finlandia?