SE ENTIENDE la frustración de quienes (cristianos o musulmanes) no han visto un mensaje de conciliación y de concordia en la intervención del papa Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona. Y quizá porque se entiende, el propio Papa se ha volcado en un esfuerzo explicativo sin precedentes, destinado a impulsar un diálogo «franco y sincero» con el islam, a cuyos fieles -dijo- jamás quiso ofender. El cuerpo diplomático del Vaticano ha echado el resto y ha demostrado su habitual eficacia internacional. La realidad, sin embargo, es que los árboles no nos están dejando ver el bosque originario. ¿A quién se dirigía el Papa en Ratisbona? No al mundo musulmán. Se dirigía, como el brillante teólogo conservador que es, al mundo «cristiano» (laico occidental, si se quiere) y, muy en particular, a sus intelectuales y a sus políticos, que parecen sestear en la inopia, la pereza, la complacencia o el abandono. Lo que reivindicaba el teólogo era un lugar para el pensamiento católico en el debate intelectual de nuestros días, sin complejos ni achantes, y con toda la legitimidad de origen basada en la razón y en la herencia griega, conformadora de Europa. Por ahí iban los tiros. Pero está claro que uno de ellos se desvió y fue a dar en la diana musulmana. Y se armó el lío que hemos vivido estos días. Porque es evidente que, aunque el Papa no se dirigía al mundo del islam, sí que quería alertar a los suyos sobre las diferencias en el ámbito de la relación fe-razón y respecto de la violencia. Y por ese tobogán se deslizó el teólogo arrastrando al Papa, algo inevitable al tratarse de la misma persona. Los musulmanes conocieron su cita por los medios y se sintieron incomprendidos o descalificados. Benedicto XVI ha reaccionado bien, como un Papa dialogante y conciliador. Pero algunos ya han elegido quedarse con su imagen de Ratisbona.