NO DEJA de ser una casualidad llamativa la muerte de la periodista Oriana Fallaci en Florencia y la cita del papa Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona que tanto enfado ha causado en el mundo musulmán. La conocida periodista publicó en los últimos cinco años tres libros en los que denunció la «cobardía y mediocridad» de lo que ha llamado Eurabia, y que no sería otra cosa que esta Europa que, según ella, cede de un modo suicida ante el fanatismo islámico -que ha comparado con el nazismo, sobre todo después del 11-S-. Una Europa que, a su juicio, está cavando su propia tumba «con su blandura, con su inercia, con su ceguera, con su humillación ante el enemigo». El 27 de agosto del 2005 esta «cristiana atea» fue recibida por el papa Benedicto XVI, sin que trascendiese nada de lo que hablaron. El Papa rezó este viernes por ella, según el Vaticano. Entretanto, numerosas autoridades del mundo musulmán han condenado airadamente la referencia que Benedicto XVI hizo de un diálogo del siglo XIV entre el emperador bizantino Manuel II Paleólogo y un erudito persa sobre la violenta expansión del Islam frente a la «razón» del Dios de los cristianos. El propio Papa se apresuró ayer a asegurar que se había limitado a rechazar la violencia y que no había pretendido ofender la sensibilidad de los musulmanes. Si Oriana Fallaci hubiera vivido este episodio -sobre todo con la prudente explicación de ayer del Papa-, probablemente lo habría anotado entre las concesiones de una Europa débil, y hubiera denunciado una vez más «la comedia de la tolerancia, la mentira de la integración y la farsa del multiculturalismo». Porque su radicalismo era en ocasiones excesivo y condenable. Pero quizá estaría muy acompañada en su previsible opinión de que el Papa no dijo en Ratisbona nada que no pudiera o debiera decir.