Capitanes de industria

OPINIÓN

UNO DE LOS CAMBIOS más trascendentes que se han producido en la evolución de la economía española en los últimos decenios concierne a la consideración social de la figura del empresario. A comienzos de la transición política, el empresariado cargaba con una pésima valoración, lo que tenía mucho que ver con prejuicios de origen ideológico (meros extractores de plusvalía, etcétera). Pero es cierto que en ello también influían algunas notas muy arraigadas en nuestra historia económica: capitalistas que -con todas las excepciones que se quiera- poco tenían que ver con los capitanes de industria ingleses o alemanes, y que se mostraban más amigos de la economía protegida que del riesgo, apegados a las subvenciones públicas y, lo que es peor, durante el franquismo, también a las estructuras del régimen. A partir de entonces, esa situación fue cambiando con rapidez, debido sobre todo a la mutación operada en las empresas españolas, cada vez más dinámicas y abiertas a la competencia y al mundo exterior. Fenómenos de indudable éxito en la creación de riqueza basada en la innovación (como algunas empresas textiles gallegas), o la aparición, por primera vez en España, de un grupo de verdaderas multinacionales, no podían sino favorecer el tránsito a ese nuevo contexto, en el que ciertos sectores de la sociedad llegaron a ver al emprendedor como modelo a seguir. Todo lo que vaya en la dirección de afirmar los componentes de innovación e internacionalización en la imagen pública del empresariado contribuirá a su asentamiento definitivo en la opinión pública española. Por el contrario, la excesiva notoriedad en su seno de sectores como el inmobiliario, cuya sobreexpansión es vista con creciente e imparable conciencia crítica por la ciudadanía, no puede sino deteriorar la imagen general del empresariado. Y ello al margen de que la mayoría de los constructores y promotores desarrollen actividades legales y respetables. Un efecto colateral más de los excesos del bum . Pero la principal sombra que se proyecta sobre ese proceso de normalización procede de la propia imagen de la gran patronal. Porque es una seria anomalía que a la cabeza de la CEOE se mantenga, pareciera que ad aeternum, un dirigente como Cuevas, que nunca ha sido un verdadero empresario, y especialista en inmiscuirse en la política de regate corto. A la vista de ello, produce envidia observar el reciente plante de los dirigentes de la Confindustria italiana ante Silvio Berlusconi, supuestamente «uno de los nuestros». Menos mal que en España existen también otro tipo de organizaciones empresariales, como los Círculos de Economía catalán y vasco. Confiemos en que los esfuerzos en marcha para consolidar ese modelo también en Galicia no tarden en fructificar.