Estado de alarma

| PABLO MOSQUERA |

OPINIÓN

11 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

PREOCUPACIÓN. El proceso de paz puede estar atravesando por un momento complicado, supongo que previsto por sus gestores, ya que a nadie se le ocultó las previsibles dificultades, cambios, interferencias y riesgos en la teórica hoja de ruta. No seamos ilusos. La eficiencia de la lucha contra el terrorismo de ETA y su entorno no supone su incapacidad para volver a las andadas. Si hubo silencio de violencia callejera fue por orden de los que mandan en el movimiento de liberación nacional vasco (MLNV). Matar y quemar autobuses sigue siendo factible. A pesar del proceso que salió de la asamblea de Anoeta y que culminó con la declaración del alto el fuego, no podemos olvidar la existencia de colectivos radicales cuya cultura está instalada en el uso de la violencia. Desde Euskadi tengo razones para percibir que hay debate en el mundo de las cárceles. Una vez más, la ETA de presos y familiares puede decidir el camino de la organización. Seguro que los últimos acontecimientos en las calles son la causa del estado de ánimo del colectivo penitenciario. La ETA de los comandos puede estar pensando en hacerse notar de forma inequívoca, tanto para consumo interno como para avisar a las fuerzas políticas que apostaron por el proceso. Si lo hacen, podemos perder una parte importante del crédito logrado tras más de tres años sin atentados, y con una opinión pública partidaria de buscar una salida dialogada, si bien con los colectivos de víctimas dispuestas a salir a las calles para denunciar lo que les dictan como traición a sus muertos. Batasuna puede perder su autoridad si no logra algún avance, en cuyo caso no sólo no estaría en condiciones de condenar la violencia para poder hacer política en las instituciones sino que dejaría de ser el mascarón de proa del proceso. Todo lo que no sea conseguir que Otegui mande y sea obedecido por toda la organización es dejar a ETA la manija del proceso con unos planteamientos que van desde las aspiraciones de Josu Ternera hasta gentes que son descerebrados asesinos o utópicos capaces de la autoinmolación en un baño de fuego y sangre. ¿Cuánto tiempo se puede ganar sin que vuelvan los atentados? ¿De qué se puede tratar con los del MLNV sin poner en grave riesgo la confianza en el Gobierno? ¿Qué estamos dispuestos a ceder para que ETA desaparezca? Sin duda, por aquí, camina el proceso. La política penitenciaria siempre fue un instrumento muy importante. La dispersión se aplicó por indicación del nacionalismo, que señalaba como los más duros controlaban físicamente al colectivo presos-familiares en torno a posturas numantinas. Hubo declaraciones de presos contra la violencia que se hicieron públicas para romper tal unidad, previsiblemente a cambio de promesas relativas al tratamiento de su situación carcelaria. Tras el 11-S y el 11-M, muchas personas están convencidas de que a ETA no le quedaba espacio ni simpatías que le permitieran seguir su lucha. Creo que tal planteamiento reza para gentes de nuestra cultura. El problema está en la cultura que comparten determinados elementos de la organización, a los que no les importa quedarse aislados. De ahí la importancia del tiempo sin violencia. Opera contra la cultura de quienes viven instalados en el mundo antiguo de la lucha por la independencia de una Euskal Herría que sólo es factible en su delirio.