CUANDO el pasado domingo terminó el España-Grecia, se me llenaron los ojos de ilusión y el corazón de lágrimas. Pensaba en Luis Aragonés, en Raúl, y en todos los sueños que me arrebatan. Pensaba en el fútbol que me enloquece y que nunca llega a ninguna parte. En la poca cosa que soy. Pensaba en nada. Quise ponerme frente al ordenador a redactar mi Equilibrista y llegué a la conclusión de que debía esperar. La emoción y las columnas no se llevan bien. Dejé pasar el tiempo y vi en el triunfo de la España baloncestística la metáfora perfecta para mi país. Una metáfora contra el fuego. Se habla de él en el Parlamento, se comenta en la prensa, y se politiquea con él de modo tan burdo que uno quiere no escuchar. Qué bajo navegan algunos. Recogí recortes de prensa (La Voz), lo mismo que hace la oposición al Gobierno de Galicia, y me puse a leer las declaraciones del diputado Castro, Roberto Castro. A Alfredo Suárez Canal, conselleiro, le llama tonto útil. A Alberte Blanco, director xeral de Montes, le llama incapaz. Roberto Castro no juega en equipo porque parece que su escuadra, la de su partido, sólo quiere ganar unas elecciones. Si quisiera ganar el futuro emplearía otros adjetivos: altura intelectual. A veces me lastima la intuición de que el Pepé no juega en el equipo gallego. Es otra su cancha, otros sus objetivos, y otra su ambición. Cuando un político recurre al menosprecio y a la ofensa personal está actuando en contra de su verdadero equipo: Galicia, el pueblo, eso que llamamos gente. El adversario real, en esta cuestión, es el fuego. Si acabamos con él ganaremos todos. Pero el PP, con su actitud, parece albergar otros fines. Tal vez nunca ganen el campeonato del mundo. No están jugando en equipo.