Una vida mayor


LA LLEGADA del verano me sorprendía con una alegre noticia. El servicio de publicaciones de la Universidad Pontificia Comillas (en la que me doctoré y que sigue siendo mi hogar intelectual) me pedía que hiciese la revisión y puesta al día de mi primer libro, Ética y deficiencia mental . Han transcurrido once años desde su publicación y las dos personas que lo habían motivado ya no están entre nosotros (mi maestro Javier Gafo y mi sobrino Damián). Nunca quise hacer ni patética moral ni un recetario casuístico sino aportar mi trabajo intelectual a un espacio huérfano de reflexiones morales, siendo así que, como la historia demuestra, el primer paso en toda transformación social es la adopción de valores nuevos. Es éste, por lo demás, un texto beligerante y no sólo analítico. Aspira a la desaparición de la discapacidad intelectual como etiqueta social. Dado que la discapacidad intelectual sigue constituyendo una piedra de toque en este mundo prometeico, estoy dedicando mis vacaciones a cumplir con el encargo. Y es que las personas con discapacidad intelectual destapan un problema de esperanza y de invocación a todo lo mejor que lleva el hombre en lo más profundo de su ser.¿Por qué lloran tanto las mamás cuando tienen un bebé con discapacidad intelectual? «Mamá, ¿cuándo me voy a curar?». Son preguntas duras. La vida nos pone a prueba continuamente. Sentir el corazón astillado y al borde del abismo fue lo que siempre me llevó a escribir. Nunca debemos vivir en el silencio nihilista. Ciertamente es mucho lo que se ha avanzado en los últimos años en el abordaje de las diferentes cuestiones que hacen a la temática de la discapacidad intelectual: su educación para la autonomía, el trabajo productivo y en ámbitos abiertos, la vivencia normalizada de su afectividad y sexualidad, su vida adulta en una palabra. Pero nada de ello tiene sentido si no se trata de acciones que tengan como norte una revalorización ética de este colectivo que, a pesar de todo, sigue luchando por ganar espacios en medio de la sociedad -de la que forma parte por derecho propio- que de verdad signifiquen una mejora sustancial en su calidad de vida. Las personas no son sus etiquetas.

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