20 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

ES COMO si el lenguaje se estuviese vaciando y perdiese fuerza, esencia y carácter. Es difícil de explicar aunque algunos lo intentan. El mundo rural -lo viví en mi infancia- confiaba en el lenguaje y lo consideraba trascendente. La palabra era ley, y a veces ley de Dios. Lo dicho tenía entidad y no era nunca algo equívoco o dudoso. Cada frase encerraba en sí misma la unidad de su significado. Por ello la sintaxis era tan relevante. Muchas expresiones eran frases cinceladas y acrisoladas a lo largo de los años que habían alcanzado su perfección y su síntesis. Todavía hoy cuando acudo a ferias con sabor tradicional (Meira, Gontán, Mondoñedo...) los escucho a mi alrededor. Son los últimos custodios del lenguaje-fuerza, los guardianes del prestigio del decir, los pilares de un saber que, como advirtió el poeta Noriega Varela, se desmorona a medida que cambiamos las palabras con que se expresa. Los hemos convencido de que lo suyo no es cultura -porque lo culto se enseña en la universidades- y les hemos hecho creer que el grado supremo del saber es la especialización. Grave error. Ellos saben de la vida y de la muerte lo que nosotros ni siquiera llegaremos a intuir. Con nuestras universidades y nuestras especializaciones sólo alcanzamos una adolescencia duradera. Ellos lo saben -lo descubren nada más vernos-, pero, reducidos al arrumbamiento letal de sus criterios, aceptan que a ese retroceso se le llame avance. Supieron ser niños y mayores, y ahora saben ser viejos. Y miran la vida y la muerte sin torcer la cara, sin resignación, armados con sus convicciones y sus conocimientos. Me tocó ver morir a algunos en el pasado y sus últimas frases no se me van de la cabeza. Por su entereza. Por su sosiego. He pasado agosto escuchándolos y admirándolos. Aprendiendo. Y no entiendo este mundo que excluye toda su sabiduría.