HASTA en Israel creen que esta vez ha ganado la partida bélica la milicia de Hezbolá. Con más razón, lo creen en los países musulmanes, sobre todo en Siria e Irán. Porque la ecuación que se plantea es muy simple: Israel no ha conseguido sus objetivos de derrotar y desarmar a Hezbolá, luego Israel ha perdido. Y no valen las palabras equilibradas y sensatas de Javier Solana diciendo que no hay vencedores ni vencidos. En los términos que se manejan en Oriente Medio, el alto el fuego es un triunfo para Hezbolá y una derrota para el Estado judío. Y por ser así tiene visos de no ser muy estable ni muy duradera. ¿Qué cabe desear? Que todos quieran de verdad lo que se ha acordado, y que las palabras dadas se vean refrendadas por los hechos. Pero, ¿es esto lo que cabe esperar? De momento, la respuesta no puede ser afirmativa. Nadie va a desarmar a Hezbolá (no lo va a hacer el Gobierno del Líbano -del que forma parte la milicia proiraní- ni lo van a hacer los cascos azules de la ONU). Nadie va a convencer a los israelíes de que el conflicto se ha solucionado con lo sucedido; por el contrario, se están convenciendo muy mayoritariamente (85% de la población) de que la operación ha sido un fiasco: ni ha liberado a sus dos soldados en poder de Hezbolá, ni ha asegurado el control de la franja fronteriza libanesa. Por el contrario, muchos judíos temen que con esta operación fallida sólo han contribuido a engordar a Hezbolá, que cometerá el error -y probablemente así lo desean los israelíes- de rentabilizar a corto plazo su exitosa resistencia con un reforzamiento de su liderazgo y de su capacidad militar. Y entonces estaremos ante una nueva fase del conflicto, previsiblemente más cruenta todavía. Con un Líbano roto, una milicia de Hezbolá radicalizada y un Estado judío dispuesto a lavar la afrenta de que lo consideren vulnerable. Para que esto no ocurra, es necesario empujar... y creer en los milagros. O al menos en los azares positivos.