La eclosión de la trapallada

| LUÍS VENTOSO |

OPINIÓN

NO ES romanticismo. Es un hecho: Galicia ha sido bendecida por la naturaleza. Disfruta de un clima templado y de una costa fértil, extensa y de hermosura llamativa. Es el oasis verde de una Península reseca y tiene agua, un bien ahora estratégico. Pero si somos ecuánimes, debemos reconocer que Galicia es (o ha sido por largo tiempo) el imperio de la trapallada. El país de las rías marisqueras más ricas del mundo no tiene ninguna saneada. El 40% de los centros urbanos no depuran sus vertidos. Hemos sembrado las casas al albur, en una organización del territorio modelo «ala vai» (Galicia cuenta con 31.894 núcleos de población, más de la mitad del total español). Lo nuestro es la improvisación: primero levantamos las urbanizaciones y luego, cuando nos pudrimos en los atascos, es cuando exigimos las carreteras. Tampoco acabamos de espabilar económicamente. Pese a que somos la fachada atlántica de Europa, sólo captamos el 8% de los tráficos marítimos de España. Somos la reserva ganadera peninsular, pero es legendaria nuestra incapacidad para armar un gran grupo lácteo de matriz propia. Vigo y A Coruña podrían atraer muchas más empresas con una oferta amplia de suelo industrial, pero permanecen estranguladas mientras hacemos polígonos en medio de la nada. Aunque somos un país subvencionado, nos embarcamos en un alarde tan oneroso como una Ciudad de la Cultura sin nada que meter dentro, fruto de una larga presidencia que primó el regate en corto sobre el pensar y que no dedicó un minuto a dibujar el diagrama de la Galicia del futuro. ¿Qué ha pasado ahora? Que a veces la trapallada explota. ¿Trama? Sí: un laberinto de pistas incontrolable, urbanizaciones en medio de montes abandonados, plantaciones de lucro rápido y prudencia baja, nula educación medioambiental y poco aprecio por el patrimonio ajeno. Añádanse brigadistas resentidos por quedarse fuera; algún promotor que querrá pescar en río revuelto (ahora que Galicia es la próxima meca del pelotazo); chavales vándalos; el efecto contagio y las cuitas habituales de nuestro agro, que, por desgracia, no es la Arcadia armoniosa que cantan nuestros líricos. Un verano sequísimo, ventoso y caliente; una Xunta seria y currante, pero aún bisoña, y un Estado que mira al Levante han sido la guinda. Galicia sólo necesita una cosa para funcionar: que la respetemos.